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Curiosidades de nuestro cuerpo


Este texto circula en la Internet, pero me pareció suficientemente útil e interesante como para compartirlo con mis lectores.


1. Si te pica la garganta, ráscate el oído:
Al presionar los nervios de la oreja, se genera un reflejo inmediato en la garganta que produce espasmos y alivia la molestia.

2. Para escuchar mejor usa solo un lado del oído: 
Si estás en una discoteca y no oyes bien lo que te dicen, gira tu cabeza y usa sólo tu oí­do derecho, ya que éste distingue mejor las conversaciones, mientras el izquierdo identifica mejor las canciones que suenan bajo.

3. Para aguantar las ganas de ir al baño piensa en sexo: 
Cuando no resistes las ganas de orinar y no tienes un baño cerca, piensa en
sexo. Eso entretiene a tu cerebro y el estrés disminuye.

4. Toser mientras te vacunan reduce el dolor: 
Un grupo de científicos alemanes, descubrieron que si toses al momento que te inyectan, se aumenta la presión en el pecho y en la espina dorsal, lo que inhibe los conductores de dolor de la médula. 

5. Si tienes la nariz tapada:
Presiona tu paladar y la parte superior de la nariz. Toca el paladar con la lengua fuertemente y con un dedo sujeta la nariz bajo el entrecejo. Esto permite que las secreciones se muevan y puedas respirar. 

6. Cuando tengas acidez duerme sobre tu lado izquierdo: 
Esto permite crear un ángulo entre el estómago y el esófago, para que los ácidos no puedan pasar a la garganta. 

7. Cuando te duela una muela frota un hielo en tu mano: 
Debes pasar el trozo de hielo por la zona en forma de "v" que se produce entre el dedo pulgar y el í­ndice por la parte contraria a la palma. Esto reduce en un 50% el dolor, ya que este sector está conectado a los receptores de dolor de la cara. 

8. Cuando te quemes, presiona la herida con un dedo: 
Luego de limpiarla zona afectada, haz presión con la mano en la quemadura, ya que esto permite volver a la temperatura inicial y evita la aparición de ampollas. (para pequeñas quemaduras) 

9. Cuando estés ebrio: 
Apoya la mano sobre una mesa o superficie estable. Si haces esto, tu cerebro recobrará la sensación de equilibrio y evitarás que todo gire a tu alrededor. 

10. Al correr, respira cuando apoyes el pie izquierdo: 
Esto evitará que sientas picor en el pecho, ya que si respiras cuando apoyas el pie derecho, causas presión en el hígado. 

11. Si te sangra la nariz, haz presión con tu dedo: 
Si te echas para atrás puedes ahogarte con tu sangre, así­ que lo mejor es apretar con tu dedo el lado de la nariz en que tienes la hemorragia.

12. Para controlar los latidos cardiacos cuando estés nervioso: 
Pon el dedo pulgar en tu boca y sopla, esto ayudará a que tu corazón deje de latir tan rápido a partir de la respiración. 

13. Para aliviar el dolor de cabeza cuando tomas agua muy helada: 
Al beber algo muy congelado, el paladar se enfría y el cerebro lo interpreta. Por eso debes colocar tu lengua sobre el paladar para que vuelva a su temperatura normal. 

14. Previene la falta de visión cuando estás frente al PC:
Cuando pones tu vista en un objeto cercano como un computador, la vista se cansa y falla. Para ello, cierra tus ojos, contrae el cuerpo y aguanta la respiración por un momento. Luego relaja todo. Santo remedio. 

15. Despierta a tus manos y pies dormidos moviendo tu cabeza: 
Cuando se te duerma un brazo o la mano, gira tu cabeza de un lado a otro y verás como la sensación pasa en menos de 1 minuto, ya que las extremidades superiores se duermen, por presión en el cuello. En tanto, si es una pierna o un pie, solo camina unos segundos. 

16. Fácil método para aguantar la respiración bajo el agua: 
Antes de sumergirte, haz muchas respiraciones rápidas y fuertes para lograr que el ácido de la sangre desaparezca, pues éste es el que causa la sensación de ahogo. 

17. Memoriza los textos en la noche: 
Cualquier cosa que leas antes de dormir, la recordarás con más facilidad...

PRECEPTO, poema de Geraldino Brazil





No haga usted el bien por temor al castigo.
No haga el bien como último recurso para salvar su alma.
No practique el bien calculando la recompensa.

La caridad no duda,
no desconfía,
no contabiliza
ni espera.

Haga usted el bien naturalmente,
como si Dios no existiese,
como si Él no esperara eso de usted.
Como los ateos, como los ateos.

Geraldino Brazil

Inútil y humano




Por Roberto Núñez Pérez
Claro que habrá quienes digan que la Literatura no se puede enseñar y, en verdad, es cierto. Nadie puede enseñarle el  amor a otro, salvo con el ejemplo.  Yo no viví, lo confieso, en un ambiente literario, pero a mi madre le gustaba contarnos historias. Incluso, mi padre, nos contaba a mi hermana y a mí pésimos chistes; pero no importa, gracias a ello descubrí que las palabras no sólo sirven para comunicar, que no son meros objetos, simples sonidos, que en ellas va todo aquello que soñamos, sentimos, amamos, odiamos y echamos de menos.
Cuando entré a la primaria me encontré con profesores que, probablemente, poco o nada sabían de Literatura, pero me permitieron leer algunos poemas y cuentos que se quedaron grabados por siempre en mi corazón. Nunca olvidaré los textos de Marinero en Tierra de Rafael Alberti o romanceros tan maravillosos como Camina la Virgen pura,  camina para Belén…
Al llegar al bachillerato me encontré con excelentes profesores.  Recuerdo con cariño y admiración a Héctor Pacheco, con quien leí muchos textos y nunca me obligó a leer  texto alguno;  quien ayudó a profundizar en mí el amor por la Literatura.
En la Universidad me encontré con un gran escritor que, como en la mayoría de los casos, ha sido poco valorado tanto a nivel regional como nacional: Ramón Molinares Sarmiento, autor de El saxofón del cautivoy Un hombre destinado a mentir. Con él debí trabajar varios cursos, entre ellos Literatura Latinoamericana y Literatura Francesa. Recuerdo que el profesor Molinares permitió que armara mi propia lista de libros a leer.
Hoy, la mayoría de nuestras escuelas no tienen quien lleve a los muchachos textos literarios. Diría que los docentes poco saben de Literatura, pero eso, aunque grave, no lo es tanto. Al fin y al cabo nuestros maestros de primaria poco sabían de este arte. Los maestros de bachillerato y la universidad tenían conocimientos más profundos. Sin embargo, de nada les hubiera servido ese saber sino hubieran llevado consigo el mismo secreto que sus colegas de  primaria: el amor por las palabras.
Hoy no nos interesa sino “fabricar” muchachos y muchachas para el mercado, para que hagan parte de la gran máquina capitalista. Cuando vemos las cosas así  creemos que el arte, si no se convierte en mercancía, no sirve para nada. Se ignora que  las artes, y muy especialmente la Literatura, son lo más humano que tenemos. Pero lo humano es inútil en la sociedad de consumo.

El profesor buena papa


Muchos estudiantes, padres y algunos directivos de instituciones educativas parecieran no estar de acuerdo con la reprobación. No se les ocurre pensar que es por el bien del estudiante.
REVISTA SEMANA. Jueves 9 Diciembre 2010

Por Julián Cubillos

Hace un par de días fueron reveladas las conclusiones del estudio Pisa 2009, presentadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde). Reprobamos. Colombia ocupó el puesto 52, entre 65, en las pruebas de lectura; en habilidades matemáticas quedamos en el puesto 58, y en las habilidades para la ciencia nos ubicamos en el puesto 54. De acuerdo con el estudio, el 47 por ciento de los estudiantes colombianos de 15 años no logra el nivel mínimo adecuado de lectura para desempeñarse en la sociedad –porcentaje en el que sólo el 17 por ciento está asociado con las condiciones socioeconómicas de los jóvenes.



Hace un par de semanas supimos que el mejor colegio del país, según las pruebas Icfes 2010, es el Liceo Campo David. Un colegio que, si bien es privado, no es nada caro y funciona en una pequeña casa ubicada en una de las localidades más pobres y deprimidas de Bogotá. La fórmula del éxito, sostuvo el rector, ha sido sencillamente: "exigencia, pero con afecto".
Al lado de estos dos recientes hechos, permítaseme ubicar otro, que nada tiene que ver con estadísticas, pero que nunca dejará de presentarse: por estos días, una vez finalizado el semestre académico, no faltarán los estudiantes universitarios que alberguen su habitual desprecio hacia el profesor con quien reprobaron una materia.
–Qué desgraciado –exclamarán–. No le costaba nada subirme una décima –olvidando, claro, que la escala de calificación es de cero a cinco, no de cero a tres, y que una décima es la diferencia entre perder y pasar.
Leídos entre líneas, estos tres hechos deberían suscitar nuestra reflexión en materia de formación educativa (primaria, secundaria y superior). Porque el buen funcionamiento de toda sociedad depende, en gran medida, del buen nivel educativo de todos sus individuos. Y porque –como bien sugiere el rector del Liceo Campo David– la exigencia es el pilar fundamental sobre el que se debe construir todo programa educativo. Es cierto, sí, que los docentes deben esforzarse por propiciar entornos amables y creativos, para que los estudiantes se interesen de la mejor manera por los contenidos. Pero esto no va en detrimento de lo primero: la amabilidad para enseñar y el amor por lo que se enseña no pueden ser sinónimo de laxitud y justificación de la mediocridad.
Muchos estudiantes, padres e, incluso, algunos directivos de instituciones educativas parecieran no estar de acuerdo con la reprobación, una consecuencia inevitable de la exigencia. No se les ocurre pensar que es por el bien del estudiante, que el profesor no celebra este hecho y que, más bien, esto lo lleva a tener que dar muchas y engorrosas explicaciones.
La creencia en que exigir no es necesario es más desconcertante aun cuando es el profesor mismo quien la defiende: los profesores de colegios públicos, principalmente. Ellos tienden a creer que es ya un logro inmenso el hecho mismo de tener al estudiante en clase –ya que dados los problemas socioeconómicos que éste debe sortear, no se le puede pedir más–. Puesto así, pareciera constituir una comprensión contextual por parte del profesor con respecto a su población estudiantil. Pareciera una virtud: un profesor ‘buena papa’. Pero es más bien un vicio. Es una forma de justificar la propia mediocridad y, por qué no, hasta un menosprecio por los estudiantes mismos. Porque tener deficiencia económica no es tener deficiencia mental; más bien, el profesor buena papa no valora el esfuerzo de los padres de estratos bajos por enviar a sus hijos al colegio, el esfuerzo del país.


Más aún, pienso que el profesor buena papa de los colegios públicos es ciertamente artífice de la pobreza mental de las clases menos favorecidas. Esa mentalidad de no obtener las cosas con el propio esfuerzo, de esperar un golpe de suerte para superarse, encuentra en él un inmejorable nicho para reproducirse. Porque la idea según la cual la carencia de educación es causa de pobreza, por más trillada, cobra toda su fuerza en el hecho de que la educación no se agota en contenidos, sino que radica en aprender a ganarse las cosas con verdadero esfuerzo.
Pero dicha creencia no se agota en lo público, también se sostiene en algunas instituciones privadas y por razones igualmente deplorables. Para cuidar el puesto –piensan muchos profesores– tan solo hay que tener contentos a los estudiantes, pasarlos, aun cuando no lo merezcan. Pero, de nuevo, parecen olvidar que los padres que envían a sus hijos a instituciones privadas tampoco lo hacen porque les sobre el dinero, sino porque quieren una educación de calidad para sus hijos. De ahí que, como su homólogo de institución pública, el profesor buena papa de institución privada resulte igualmente deshonesto con su trabajo.
Así es, ser profesor no es fácil –implica, a veces, ganarse el título de ‘mala papa’–. Es una labor que requiere exigir, y para ello hay que tener con qué. No se puede exigir siendo mediocre. No se puede exigir sin fijar reglas transparentes de calificación y sin cambiarlas nunca de espaldas al grupo en general: porque esa falta de transparencia académica –la vieja idea de poder ser un caso especial frente a los demás–, es extrapolada por el estudiante a su comportamiento en general, a su forma de participación política y social. En contraste, si bien la pérdida académica (justa) es inicialmente percibida con desprecio por parte del estudiante, más temprano que tarde terminará agradeciéndola.
De ahí que el jalón de orejas por los bajos rendimientos académicos, más que para los estudiantes, deba ser para los profesores mismos. Porque en lugar de dar el brazo a torcer en cuestiones de exigencia académica, hay que hacerla integral. Si se restringe a materias consideradas como básicas, se está haciendo una lectura parcializada de la educación: la exigencia debe ir desde la educación física hasta las ciencias puras, desde las electivas hasta el núcleo básico de cualquier carrera.
En suma, el profesor buena papa es, por lo general, un pésimo profesor: un completo artífice del subdesarrollo. 

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