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Un adefesio académico que amenaza el Concurso Nacional de Cuentos de RCN y Mincultura

Por Naudín Gracián

Las leyes y requisitos casi siempre obedecen a la intención de superar vacíos en un sistema, con el objetivo de cualificarlo. Sin embargo, en nuestra sociedad lo corriente es que los funcionarios no tengan en cuenta el espíritu, la intención profunda que tuvo el origen de la nueva ley, al momento de aplicarla. Esto es aprovechado por algunas personas que, de inmediato, se dedican a encontrar las fisuras que les permitan valerse de ella, con el fin sacar provecho, despreciando la intención inicial. Debido a esto, la ley termina siendo un adefesio negativo que obliga a que se haga una nueva, y así sucesivamente. “Hecha la ley, hecha la trampa”, es la bandera de una sociedad que desprecia el bien común y desconoce los valores sociales.

En el caso de la academia, la exigencia por parte de las autoridades competentes (Colciencias y las universidades, por ejemplo) de la indexación de las revistas para que las publicaciones tengan validez a la hora de cualificar la hoja de vida de un académico o investigador, y sobre todo para efectos de aumentos de salarios y estratificación, tenía la intención de “elevar el travesaño” (como en el salto alto) con el propósito de que las investigaciones y textos tuvieran una mayor rigurosidad y un nivel más sólido en sus propuestas y conceptos. Pero, ¡vaya sorpresa! (Sorpresa que ya no lo es en una sociedad tendiente a la trampa, como se afirmó al principio). Muchas personas se han dedicado a cumplir con los criterios establecidos, con el fin de lograr que sus textos sean aprobados gracias al lleno de requisitos formales, sin que necesariamente propongan algo significativo. Y es patente que muchos funcionarios encargados de estas publicaciones se limitan a constatar que el texto recibido cumpla estrictamente con las normas, sin preocuparse demasiado por si hace aportes significativos al saber sobre el cual trata. Esto trae como consecuencia la banalización de esas publicaciones: el motivo de orgullo de muchos “académicos” es el número de artículos publicados en revistas indexadas, y no los aportes que hayan hecho al saber. Se ha convertido en una especie de farándula para intelectuales. De allí que muchas personas con propuestas serias se desmotivan a participar en este círculo cerrado de parámetros y condicionamientos, pues es corriente que escritos con verdaderos aportes sean rechazados por el simple hecho de no cumplir las pautas establecidas.

Todo esto lleva a que la intención que tenía establecer la exigencia de la indexación de estas publicaciones, ha terminado siendo traicionada y, por el contrario, se ha convertido en un obstáculo mayúsculo para lo que se pretendía, que era la cualificación del conocimiento.

Y aquí viene lo que ha motivado la redacción de este escrito. Resulta que la entidad encargada de coordinar la calificación y escogencia de los textos del Concurso Nacional de Cuento convocado por RCN y El Ministerio de Cultura de Colombia (tengo entendido que es Ascún), como entidad académica que es, da por sentado que ése es el rasero que garantiza la calidad de los jurados. Por ello ha exigido que, para que alguien aspire a ser escogido para cumplir esa función, entre otros requisitos, haya publicado un libro debidamente legalizado, y haya publicado artículos en revistas indexadas. Tremendo adefesio es ése, con consecuencias verdaderamente lamentables. Veamos por qué.

1. El segundo requisito mencionado (la publicación en revistas indexadas) deja por fuera a casi todo escritor que no pertenezca a la academia. Si se hace un sondeo sólo superficial, se encontrará que la mayoría de los escritores colombianos, jamás han publicado textos en revista indexadas, no les interesa y muy seguramente están en contra de que por alguna razón les pidan eso. No creo que Jorge Franco, Antonio Ungar, Roberto Rubiano, por decir solo tres nombres, cuya trayectoria literaria aporta decididamente a la literatura del país, cumplan este requisito. ¡Escritores de esa talla no pueden aspirar a ese cargo! ¡Válgame Dios!, diría Samaniego.

2. Sé de casos de personas que han publicado un solo libro colectivo, que no se consideran escritores sino que por alguna exigencia puntual (v. g. para acceder a un trabajo, para graduarse en un posgrado) se han reunido con otras y han publicado un volumen, y que por las mismas razones tienen algún texto publicado en una revista indexada; esas personas fueron aprobadas para ser jurados de este certamen. Es más, conozco a alguien que abiertamente sostiene que no le interesa la literatura, y ha sido escogido.

La mayoría  de los escritores que conozco (incluido yo), algunos con más de diez libros publicados, diversos premios literarios, con experiencia como jurados en numerosos certámenes literarios (incluido el de marras, o sea el RCN), y con toda una vida y pasión dedicada a la literatura, ni siquiera miran hacia esta propuesta porque no cumplen los requisitos. ¿Los que corresponden al segundo ítem, o sea los que solo han publicado para llenar una cláusula, tendrán más idoneidad para ejercer este cargo que estos escritores?

Llegamos entonces al hecho de que, cuando es el cumplimiento de requisitos académicos el rasero con que se mide la idoneidad de algo o de alguien, en vez de garantizarse con ello la cualificación del sistema, lo que resulta es el desprecio del conocimiento. Y eso es exactamente lo contrario del espíritu que originó esa exigencia.

Sólo un académico pudo haber puesto esas condiciones para escoger estos funcionarios en particular, porque para la mayoría de ellos sólo lo que cumpla con los requerimientos académicos, tiene validez.


El respeto al mérito es fundamental en la búsqueda del desarrollo y la paz de este país.

A los escritores nos tienen que pagar para asistir a los encuentros

 ¿A los escritores nos tienen que pagar para asistir a los encuentros?
Por Naudín Gracián

En la programación de los eventos culturales, tales como festivales, certámenes, ferias, entre otros, se acostumbra incluir la presencia de algunas personalidades de renombre (en la medida en que el presupuesto lo posibilite). Vemos que así como a Valledupar llevan agrupaciones musicales pagándoles astronómicas sumas de dinero, igual sucede en las ferias de libros a las cuales llevan autores de prestigio, en el Festival Iberoamericano de Teatro donde presentan compañías y actores famosos, y así sucesivamente.
Como lo que me interesa en este texto es hablar del mundo de los escritores, concentrémonos en ello. Mencioné lo anterior para puntualizar que se trata de una práctica muy generalizada, no exclusiva de este renglón social.
Ahora bien. Vemos que al Hay Festival de Cartagena y a la Feria del Libro de Bogotá (los dos acontecimientos locales de Colombia más importantes en el mundo de las letras) llevan autores con mucho renombre, cuya presencia es sumamente costosa para los organizadores. Pero a esos eventos los únicos literatos que van no son esos invitados especiales. No, señor. Ellos son la punta del iceberg porque asistimos miles y miles de escritores que gestionamos pasajes, hoteles y demás con las alcaldías, entidades, patrones (he sabido de casos que rayan con la mendicidad), etcétera, y por supuesto la gran mayoría asumimos los gastos de nuestro propio bolsillo. Y nos “pateamos” la fiesta con nuestra anonimidad a cuestas, mendigando un espaciecito o un poco de atención para mostrar nuestro talento incomprendido (aunque sea de algunos transeúntes o de algunos comensales en la cafetería); y luego nos sentimos afortunados y sacamos pecho contando que fuimos a la Feria o al Hay, y aún más si alguien nos dio unos minutos para decir algo en alguna actividad en la que compartimos la mesa con diez o más creadores, muchas de las cuales no cuentan con una audiencia superior al número de “conferencistas”.
Pero sucede que algún quijote gestiona espacios (los espacios para la cultura no son especialmente fáciles de conseguir), amplificación, grupos musicales; hace publicidad y convocatoria; organiza, imprime y distribuye un programa, consigue decoración, video beams… y todas las demás arandelas que tiene un encuentro de escritores, y cuando nos invita (a ese montón de autores de los que hablé en el párrafo anterior) nosotros enseguida indagamos: “Y qué dan”, o “cuánto pagan”. Yo les he preguntado a algunos que si asistirán a equis acto, y enseguida dicen: “A mí no me han invitado”. O sea que los organizadores no les han prometido viáticos, alojamiento, alimentación y dinero. Y nota uno que los poetas y narradores asistentes a una de estas convocatorias (las realizadas por algún quijote parroquial) somos exclusivamente los escritores “invitados”. ¿Qué sería de la Feria del Libro de Bogotá y del Hay Festival si los escritores no “invitados” asumiéramos esa actitud?
Analicemos un poco. A esas festividades culturales llevan como atractivo a personas de renombre que, con su sola presencia, aportan al reconocimiento del evento. A eso le sumamos que esos invitados dan conferencias o entrevistas que enriquecen el intelecto de los asistentes (esto no es una regla inamovible pues en la FilBo presencié a Fernando Vallejo diciendo un montón de lugares comunes que hacían reír a la audiencia, sin nada nuevo en el fondo). Vemos entonces que aceptamos como normal que a ellos se les pague lo que se les paga aunque nosotros no solo asumimos los gastos para asistir de nuestro bolsillo, sino que incluso pagamos para entrar a las actividades, como ocurre en el Hay. Pero, si el certamen es organizado por un quijote parroquial, cambia la cosa: acá yo soy el famoso, la celebridad (en ese “yo” se incluyen hasta los que no han publicado libro alguno sino si acaso algún poemilla o artículo en algún periódico o revista de circulación local). Por eso asumo que me tienen que pagar pues voy a aportarles. Si no me pagan, no voy. Que cuánto vale ese evento, que cuántas rabias, decepciones y trasnochos les costó a los organizadores la gestión; que cuánto quedan debiendo… Eso ni me va ni me viene. Y luego comentaré (casi siempre con saña) la calidad del hotel, de las comidas, de la atención, del público.
Esto parece ser culpa en gran medida de la cultura paternalista que hemos cultivado con respecto a la escritura. Si alguien (un quijote parroquial, valga la aclaración) organiza un encuentro o festival de literatura, damos por sentado que el gobierno y unas entidades o empresas le han aportado varios millones de pesos (y vivimos hablando todo el tiempo de que no se apoya el arte) de una manera magnánima. Casi que le han metido la plata en el bolsillo para que pueda llevar a su localidad a todas esas estrellas que somos todos y cada uno de los creadores. Para el Hay y la Filbo sabemos que de nuestros impuestos se destinan miles de millones, pero a sus organizadores no les pedimos informes de sus cuentas a la hora de asumir nuestros gastos para asistir.
Eso que pasa con los escritores no sucede, por ejemplo, en el campo musical. En cualquier festival de esta expresión artística, por pequeño que sea, los músicos asumen, sin dolores mayores, que los organizadores llevan a dos o cinco agrupaciones de renombre a las que se les paga mucho dinero, mientras que ellos, el resto de artistas, asumen sus gastos. Yo he andado con algunos (aunque no soy músico, qué más quisiera) y en los certámenes duermen en el suelo o en hamacas, en colegios, casas de cultura, restaurantes comunitarios; y se alimentan de lo que pueden o de la magnanimidad de los músicos del pueblo anfitrión, quienes los hospedan en un compadrazgo admirable. Algunos de esos artistas de los que hablo son reconocidos, ganadores de muchos festivales, con trayectorias y destrezas magníficas; gente que realmente va a aportarle al espectáculo.
Pero entre los literatos, eso no puede suceder. Si usted piensa organizar un encuentro de escritores, no piense en que nos va a brindar un espacio, tiempo, amplificación, público, posibilidad de dar a conocer nuestra obra a la gente y a los otros autores; auditorios, presentación de artistas como músicos, danzantes; una programación, posibilidad de aprender…; mucho menos espere que nosotros le agradezcamos sus esfuerzos por la gestión de todo eso. Piense primero en cuánto nos va a pagar, las comidas que nos dará y el hotel de alta calidad en que nos alojará. Porque de lo contrario, no asistiremos, ni siquiera los despreciados cotidianos que vivimos en la localidad donde se organiza.
Claro que estoy hablando de lo que sucede en nuestras parroquias (municipios y capitales provinciales), porque uno ve cómo en Argentina, Chile y otro países americanos y europeos organizan encuentros en los que los escritores no solo asumen sus gastos de viaje sino que pagan, para participar en ellos, grandes sumas de dinero que no solo alcanzan para el éxito del evento sino para remunerar a los organizadores (son realizados por personas que se dedican y viven de eso). Y, en las ciudades grandes, los literatos pagan por asistir como público raso a simposios, capacitaciones y talleres. Supe que en una ocasión en Bogotá hicieron una convocatoria para un taller gratuito y pasó la prueba (porque ¡oh, extremo de los extremos: hicieron prueba de admisión!) tanto personal que optaron por aceptar sólo a los que habían ganado algún premio nacional de literatura. Pero en nuestras provincias los escritores no vamos a estas cosas (y mucho menos vamos a pagar por asistir), a menos que se nos pague (con dinero o con alimentación, hotel u otras deferencias), sencillamente porque nosotros no tenemos nada que aprender (¡Dios nos libre!), sino que enseñar o que aportar.

Una advertencia muy importante:
Si usted tiene veleidades de quijote parroquial, no se le ocurra organizar un evento para escritores en el cual nosotros tengamos que asumir nuestros gastos (incluso en el caso en que usted gestione precios especialmente rebajados para nosotros), porque será la comidilla, blanco de insultos y hasta el hazmerreír nuestro, pues no tendremos duda de que su objetivo es utilizar nuestra fama y genialidad para robarse los dineros que el gobierno y las entidades privadas casi le han metido a la fuerza en los bolsillos para que nos atienda como nos merecemos las estrellas mediáticas que somos.

Un anacronismo extremo:
Yo pensaba que un encuentro de escritores era un evento al que se invitaban a unos pocos intelectuales prestigiosos en este ramo, para que hicieran sus aportes a un público ansioso por ese conocimiento, tanto que en algunos casos estábamos dispuestos a pagar para tener derecho a recibirlo. Y ese público, pensaba yo, éramos precisamente (por antonomasia) los literatos y uno que otro profesor, estudiante y parroquiano despistado que llegara.

Una observación final:

He detectado que estos encuentros se han convertido en unas reuniones de amigos, de roscas, porque siempre vamos como “invitados” los mismos con nuestros aportes mínimos. Pero, ajá, qué pueden hacer los organizadores pues, si no reparten entre la mayor cantidad posible de escritores el esmirriado presupuesto que gestionan, no tienen público y se les muere el evento, porque, si no lo hacen así, los poetas y prosistas (que es el público natural) no asistimos. Esto da como resultado que baja la calidad del evento pues no alcanza el dinero para traer a escritores de renombre que realmente aporten conocimientos y reconocimiento. Y luego, durante el desarrollo de la programación, ve uno a los organizadores arriando y rogándonos a los escritores invitados para que entremos a los actos y sirvamos como público, a pesar de que nos están pagando por nuestra presencia en el evento.


Coletillas:

1. Imagínese que usted organiza una fiesta para pasarla rico con sus amigos, y para poder contar con asistentes a ella usted tiene no solo que buscar sillas, música, orquestas (estos son los invitados famosos en este caso), etc., sino también darles los pasajes, el hotel, para el taxi…, y además algo de platica para que lleven para sus casas.
2. Dejo claro que a quienes se CONTRATA para un evento cultural, se les debe pagar, Y BIEN; solo que para merecerlo debe haberse forjado un nombre con calidad y persistencia, así como cuando CONTRATAMOS a una orquesta para que amenice una fiesta. Pero eso no quiere decir que si no me contratan no voy a ir a la fiesta aunque me inviten. Los músicos no contratados también van a divertirse, a saludar a los amigos, a mostrarse, a aprender y hasta a pedir un chancecito en la tarima. Recordemos que a Diomedes Díaz (EL GRANDE) lo echaban de las fiestas. Pero, perdón, nosotros los intelectuales no contratados para un encuentro no somos músicos, sino genios incomprendidos.

De naranjas a mangos


 

Por Naudín Gracián

Frases como “zapatero a tus zapatos”, “nadie da de sí lo que no tiene” o “no se le pueden pedir peras al olmo” (a nosotros nos queda más apropiado decir naranjas al mango), se vuelven tan socorridas que terminamos dejándolas a un lado, sin fijarnos en que encierran una enseñanza eterna y nunca acatada por el ser humano. Como podrían decirlo los ingenieros, médicos y hasta los pescadores y los mismos zapateros al hacer un análisis de quienes ejercen sus respectivos oficios, desde mi posición de inquieto por la pedagogía puedo afirmar que estas frases ilustran una falencia nunca superada en la enseñanza: el problema fundamental de la mayoría de los profesores de literatura es que les toca enseñar a hacer algo que ellos no saben hacer, y a amar algo que detestan.

Una de las incoherencias más abismales que se presenta en el aula de clases, es cuando encontramos a profesores que, por ejemplo, exigen a sus alumnos, so pena de perder la materia, que escriban un cuento, un poema, ensayo, crónica, etc., cuando no les han enseñado a hacerlo porque, en la mayoría de los casos, ellos mismos no son capaces de hacerlo. Normalmente se está pretendiendo que enseguida de que se le diga al estudiante en qué consiste una clase de texto, su evolución, principales cultores y características, éste automáticamente redacte uno de esos textos. Es normal entonces que ese estudiante se estrelle con la evidencia de que “del dicho al hecho hay mucho trecho”, y luego, como reacción natural ante el fracaso, le coja fobia a esa actividad.

Como en la enseñanza de una segunda lengua, en la cual el profesor primero pronuncia el sonido y luego los estudiantes inicialmente repiten en grupo, para irse tomando confianza, y luego lo hacen de forma individual; para aprender a redactar un texto, el profesor primero debe analizar con sus estudiantes varios del mismo género y luego crear uno con sus alumnos en clase, animándolos a hacer aportaciones en ideas, en la coherencia y corrección del idioma, para que entonces pueda insinuarles que “se tiren al ruedo y tomen el toro por los cachos” de forma individual. Recuerdo que una de las primeras tareas que me pusieron en la universidad fue hacer un ensayo sobre un texto; lo presenté con enormes dudas pues no sabía qué era un ensayo y mucho menos cómo se hacía, me pusieron una excelente nota y me quedé con las mismas dudas durante mucho tiempo, pues no supe por qué me pusieron esa nota.

Del otro lado está que en los pregrados no se decanta el personal que va a profesionalizarse de acuerdo con su identificación o no con el tema que estudian. Por ejemplo, en cierta ocasión le pregunté a un profesor recién graduado que ya que estaba dando clases mañana, tarde y noche e incluso los fines de semana, entonces cuándo leía. Él me contestó: “¡Marica!, si ya leí lo que iba a leer en la universidad, para qué voy a leer más”. Otro ejemplo que a mí me parece aterrador es el de un profesor que todas sus notas las toma oralmente o en el tablero porque, como dijo un día delante de mí: “Yo no soy tan marica de llevarme trabajo para mi casa”. Yo me pregunto, ¿cómo un profesor de Lengua Castellana y Literatura puede evaluarles a sus estudiantes la competencia analítica y de producción de ideas, y su capacidad para plasmarlas en palabras, para organizarlas, si no los pone a redactar distintas clases de texto de, por lo menos, una página? Hace poco hice una encuesta en un curso de segundo semestre de Literatura, y arrojó el resultado de que, de 32 estudiantes, solamente 5 contestaron que estaban adelantando la carrera que querían estudiar. Así vemos que de las universidades suelen salir profesionales en “dar clases”, quienes naturalmente derivan pronto hacia “comerciantes de clases”, o sea personas que aprenden a producir una mercancía que se llama “clase” y la venden a cuanto “cliente” la solicite.


Como escritor que acude a los profesores, la mayor dificultad que he encontrado para lograr su apoyo ha radicado en que les entrego mis libros para que los evalúen con miras a trabajarlos con los estudiantes, pero no los leen y por eso, obviamente, prefieren trabajar con los mismos libros de siempre, los que ellos leyeron cuando estudiaban, porque ya no los tienen que leer, y realizan con ellos los mismo ejercicios de siempre. Avisado de este problema, me he puesto en el trabajo de acercarme a los profesores a solicitar su apoyo con una lista de preguntas y respuestas del libro que propongo, además de una lista de ejercicios dinámicos que se pueden hacer a partir de las lecturas. Esto me ha asegurado una gran aceptabilidad, e incluso en algunos casos he llegado a darme cuenta de profesores que han hecho los ejercicios con los estudiantes y no han leído el libro.

Parece ser entonces que el camino de los escritores no consagrados es concientizarnos de que en los colegios no se van a leer y valorar nuestros libros, como debía ser, estrictamente por su calidad; que nuestra labor no termina en la excelencia literaria y ni siquiera en la edición y promoción de los mismos, sino que debemos convertirnos en cómplices, colaboradores y casi reeducadores de los profesores. Debemos convencerlos de que es posible que los estudiantes compren libros (muchos me han dicho en primera instancia que no porque están muy caros y luego me han vendido hasta medio centenar de ejemplares), que es valioso e importante que los tengan, que son útiles en el aula de clases y en el producto social que serán sus educandos, que se pueden hacer clases entretenidas y sustanciosas con nuestros libros, y que el hecho de que tengamos que ofrecérselos de forma personal no les quita calidad, no nos convierte en menesterosos del arte literario. Si hacemos esto, seguramente no lograremos que dichos profesores se conviertan en buenos lectores y ni siquiera que lean nuestros libros, pero sí posibilitaremos que una buena cantidad de jóvenes se acerque a la literatura actual.

Sobre la posibilidad de que algunos jóvenes “malos lectores” puedan tener inclinaciones hacia la lectura, tengo una anécdota muy diciente: un sobrino mío que se ufanaba de haber ganado los exámenes de los libros que le habían puesto a leer en el colegio sin haberse leído completo ni uno solo de ellos, al percatarse de lo importante que era la lectura a  la hora de presentar los exámenes para acceder a la universidad, me dijo que le prestara libros, y en escaso mes y medio se leyó más de ¡dos mil páginas! entre obras de buenos escritores actuales como Fernando Vallejo y obras fundamentales como La Peste, de Camus, Enemigos, de Isaac Bashevis Singer, y algunas obras de García Márquez. ¡Y había que ver el entusiasmo con que me hablaba de sus lecturas y me pedía nuevas obras para leer! De esto se puede concluir que ese joven era un potencial buen lector que se tropezó con un método inadecuado en su proceso de lectura durante el ciclo escolar (alguien podría interpretar: se tropezó con un mal profesor de literatura).

El ideal sería que la universidad, en los pregrados, decante al personal que va a profesionalizar en la enseñanza de la literatura (en las otras áreas deben haber propuestas parecidas pues lo de “zapatero a tu zapato” es aplicable a todas las áreas del conocimiento), estructurando un currículo que en los primeros semestres sea exclusivamente de lectura y redacción, de modo tal que quien se descubra inhábil o apático en algo tan básico, no pueda continuar. Así se podría evitar que luego cause daño ejerciendo un oficio para el que no está habilitado o que incluso deteste. Para esto la universidad también debe reeducar a sus educadores pues no son escasos los profesores universitarios que frustran posibles lectores con sus ejercicios inmamables, sus caprichos de lectura y su rigidez pedagógica. Conozco el caso de una licenciada que me dice que se vio forzada a leer a Cortázar de tal manera con el mismo profesor en distintos cursos universitarios (literatura latinoamericana, literatura hispanoamericana, literatura universal y literatura contemporánea), que tiene la esperanza de no tener que leerlo más nunca en su vida.

Pero sucede que si los escritores no canonizados por las grandes editoriales nos ponemos a esperar que la universidad tome este correctivo y salgan los nuevos profesionales bien definidos, lo más seguro es que si acaso nos llegan a leer, eso sucederá cuando ya estemos muertos. Propongo entonces ejecutar una ofensiva intelectual que nos permita acercarnos directamente a los profesores de literatura, convencerlos de la idoneidad de nuestros libros para el proceso de formación literaria de las nuevas generaciones. Obviamente, esto debe estar respaldado por unos precios razonables para una población estudiantil que en su gran mayoría ni siquiera se come las tres comidas.

Quiero dejar claro que no hablo desde la febrilidad de una mente creativa que imagina que así se podría hacer esto o aquello, sino desde mi experiencia, ya que, aplicando esta filosofía, he logrado vender varios miles de ejemplares de mis libros en este medio (departamento de Córdoba, Colombia) en el que se dice que nadie lee ni compra libros.


El escritor de hoy

Por Naudín Gracián

Hay demasiada gente contenta. ¿Acaso dije alguna tontería?
–Foción–

Para casi todas las personas que no tienen ningún contacto con la producción de literatura, eso de ser escritor es algo así como alguien que tiene un don, casi un mago que tiene contacto con las musas o la inspiración.
 
En verdad este don no siempre es motivo de envidia y para ciertas personas es causa de temor y hasta de odio; pero incluso para ellas sigue siendo algo fuera de lo corriente, tal vez una maldición, una enfermedad o un castigo divino, en todo caso algo que está fuera del mundo natural o de la cordura. Se ha tratado de cambiar esta imagen y de allí los múltiples esfuerzos porque todas las personas aprendan a escribir satisfactoriamente bien cualquier clase de texto, incluso literarios, sin que necesariamente tengan algún interés en convertirse en escritores. De todas maneras, contrario a la realidad actual, sigue siendo muy amplia la concepción de que el oficio de escribir es algo muy personal, que se hace a solas y sólo condicionado por las musas.

Cuando yo comencé a adentrarme en el mundo de los escritores, no sólo tenía esa misma visión, sino que la consideraba como una especie de dogma, lo natural y obligatorio en esta profesión que no era un oficio sino una condena, no porque fuera especialmente doloroso, sino porque no se podía escoger ni evitar una vez se nacía con el destino de ser escritor. Sin embargo, bien pronto supe que existían personas cuyo trabajo era escribir (algo equivalente a hacer panes, muebles, salchichas, etc.), incluso obras de ficción, algunas de las cuales eran comercializadas en forma masiva, despreciablemente masiva. Más tarde me enteré de que había quienes escribían para que otros les pusieran su nombre a esos libros con el objetivo de que pudieran ser vendidos en grandes cantidades, gracias a la fama de quienes los firmaban; que había quienes trabajan ayudándoles a otros a armar historias con sus ideas…, pero en todo caso esos no eran escritores en el verdadero sentido de la palabra, ni esos textos considerados obras literarias.

Entendía yo en aquellos entonces que el escribir no tenía relación alguna con el mercado de las obras (distribución y publicidad); de eso se suponía se encargaban los comerciantes, los cuales, por supuesto, no escribían ni pretendían interferir en ese acto mágico que ellos no dominaban. Mi idea (y la de los entusiastas principiantes que conocía) era que se escribía pensando exclusivamente en la calidad estética, y por ello uno debía estar dispuesto incluso a morirse de hambre si su literatura no se comprendía ni se valoraba en su tiempo, pues precisamente eso sucedía con los escritores que muchos años después de muertos eran considerados grandes genios. Creía que el acto de escribir era algo personalísimo que casi no aceptaba indicaciones ajenas, mucho menos parámetros o condiciones de comerciantes (editores y distribuidores) que, por supuesto, no sabían nada de escribir. Se consideraba una ley natural que el libro se vendiera a través del tiempo y por lo tanto el escritor no tenía prisa alguna en publicar libros ya que su vigencia no dependía de qué tanto bombardeara el mercado, sino de la calidad de sus obras, la cual por lo general no es compatible con la prisa (Juan Rulfo y Franz Kafka eran ejemplos muy socorridos al hablar de esto). Ello daba como consecuencia que se veneraba a los escritores viejos (y aún más a los ya muertos) ya que eran los que habían tenido el tiempo, las lecturas y el aprendizaje necesarios para acendrar el estilo y la sabiduría que garantizan una calidad indiscutible de las obras.

 
Por eso uno no puede menos que asombrarse, preocuparse e incluso decepcionarse del viraje que ha tomado la condición de ser escritor. Primero que todo, se ha convertido directa y llanamente en un oficio más, que no tiene nada de don y ni siquiera de especialmente intelectual sino en un medio tan válido como cualquiera para hacer dinero, para ganarse la vida con mayor o menor éxito, como cualquier otro oficio que puede ejercer cualquier persona. Simplemente consiste en aprender ciertas habilidades y técnicas que se constituyen en las herramientas para que la persona pueda generar unas ideas, organizarlas y plasmarlas atractivamente con el fin de ser vendidas. Tanto es así que existen especializaciones cuyo título consiste en declarar “escritor” a quienes las cursan e incluso actualmente se implementa en Colombia un pregrado para lo mismo. Como sucede en las demás carreras académicas, en las cuales se gradúan profesionales con diferentes niveles de calidad, pero todos son profesionales en su área, de igual manera al terminar estas carreras todos los que las cursan son escritores con mayor o menor éxito. También existe toda clase de ofertas de tics o ayudas para ganarse concursos, para tener éxito con las editoriales, con los medios masivos de comunicación; indicaciones para que los personajes sean atractivos, las historias interesantes; los temas que debe tocar una novela para que intrigue, levante escándalo o “toque” a sus lectores; los personajes necesarios para que un mayor público la adquiera; ahora incluso hay editores que le dan el tema a los escritores, el estilo en que debe escribirse y hasta la estructura del libro, y, por supuesto, hay escribidores que los complacen para sacar un producto altamente comercial. Un comentario negativo sobre una novela inédita hoy en día es una frase que hace unos años sonaba a elogio: “Es muy buena, pero no es nada fácil o sea muy poco comercial”. Bajo ese parámetro, que hoy es fundamental para las editoriales a la hora de publicar una obra y, por consiguiente, para su éxito o fracaso, estamos seguros de que Kafka, Camus, Dostovyeski, Hesse, Mann y muchos otros genios de la literatura de todos los tiempos, cuyas obras bucean en las aguas abisales del alma humana, no hubieran sido tenidos en cuenta por las editoriales. El ideal de los escritores (varios me lo han manifestado) es que su libro sea llevado a la pantalla grande y por ello es notoria la visión cinematográfica de sus narraciones (antes, el hecho de que a un autor le llevaran al cine sus obras, que sus textos fueran fácilmente traducidos a imágenes, era prueba de que su literatura era liviana), o escribir un libro como Harry Potter o El Código Da Vinci, o tener el éxito de Cohello, cuya clase de productos también existía cuando yo me inicié en la literatura, pero en esos entonces no era considerado arte y era motivo de burlas, nunca un ideal.

Ahora, a la hora de publicar, los escritores hablan de estrategia de medios: entrevistas, reseñas, talk shows, portadas de revistas, escándalos; y de publicar libros con cierta periodicidad para mantener vigencia pues “quien no aparece en los medios masivos de comunicación no existe”. Pasó el tiempo de “el libro debe defenderse solo pues es una comunión entre el texto y el lector en la cual, una vez publicado el texto, el autor no tiene nada que hacer”. Ahora al libro, como a cualquier otro producto, se le aplica la máxima que reza que “lo que no se muestra no se vende” y lo que no se vende en grandes cantidades es como si no existiera.

Sumado a esto, los escritores exitosos, que se mueven como pez en el agua en las élites culturales del país, pareciera que te dieran de cachetadas con sus biografías. Es como si te dijeran: “Cómo vas a pretender surgir en un mundo dominado por profesionales de los Andes, la Javeriana, La Sabana, la UPB, con especializaciones y doctorados en las universidades más prestigiosas de Europa, a unas edades tan tiernas que a los cuarenta te hacen sentir un brontosaurio”. O sea: cómo vas a competir con personas bien comidas, bien dormidas, con todo el haber literario y cultural a la mano, criadas en las grandes urbes, en contacto permanente desde la infancia con las élites culturales y periodísticas del país y del mundo, y que no tuvieron que perder un valioso tiempo de lecturas y formación en una cosa tan anodina y aplastante como es conseguir la comida. Según sus biografías, estudiaron varias carreras al mismo tiempo, prácticamente no habían terminado el pregrado cuando ya adelantaban una maestría o un doctorado; han conocido países y continentes con la solvencia con que se pasa de un patio a otro en las casas de los pobres. Pareciera que sus biografías gritaran: el éxito literario es para los que han estudiado donde da prestigio, han viajado a los lugares y en los momentos precisos, han conocido a las personas que pueden dar impulso, recomendar, reseñar, traducir o premiar; han estado en contacto constante con los medios; en fin, que el éxito literario es para los ricos (las excepciones existen, pero, como se sabe, confirman la validez de la regla).

 
Esto hace que se perciba un mensaje soterrado que apunta a considerar que los escritores viejos son obsoletos, no están al día con el gusto de la actualidad, de los jóvenes. Al respecto recordemos la diatriba de Medina Reyes contra García Márquez según la cual una prueba de que éste es una especie de dinosaurio de la literatura es que la sobrina de Medina no lo lee. Con esa perspectiva vemos que hoy en día la literatura está plagada de citas y referencias a los ídolos efímeros de una música superficial y ruidosa que se vende en cantidades estrambóticas, a los grandes genios y estrellas del cine hollywoodense, a los alucinógenos y sus sublimes efectos, a los últimos adelantos tecnológicos, a los genios del capitalismo salvaje, etc., de la misma manera como antes se citaba o se hacían referencias a los grandes creadores de la filosofía, de la música y del arte universal.


Anteriormente el gran dilema para un pichón de escritor era si estaba decidido a vivir mal e incluso a morirse de hambre consagrándose al arte, o si se dedicaba a una actividad próspera económicamente (dejar de ser escritor, se entiende). Ahora la disyuntiva es si está dispuesto a esa vida de poses, managers, condiciones de las editoriales, estrategias, etc., propia de un artista exitoso, o si se dedica a ser un escritor marginal (más bien marginado), condenado sin remedio a ser ignorado y al olvido.

Acaben a las Farc, pero ya




No entiendo algunas cosas. O LOS PERIODISTAS Y ALGUNOS POLÍTICOS SON MUY IDIOTAS, O YO LO SOY, O ELLOS NOS TRATAN COMO IDIOTAS.

Cómo pueden insinuar que si el presidente negocia con las Farc es porque está de acuerdo con ellos. ¿Para qué negociar con alguien que esté de acuerdo con uno? Si fuera así, ¿qué se iba a negociar?

Pretenden que la guerrilla deje de ser un grupo violento porque está en diálogos.

En primer lugar, ése fue el escenario en que se plantearon los diálogos desde el principio: dialogar en la guerra; que, como dice el presidente, el alto al fuego sea el resultado, no la primera fase. O sea no cometer los errores anteriores: se empezaba con altos al fuego para desembocar en la decepción de volver a la guerra. La idea mejor es que cuando se acabe la guerra, si ello llega a suceder (como resultado del proceso y no como condición hipócrita preliminar), se acabe de verdad, del todo.

Segundo, si las Farc fueran unas almas de Dios, ¿quién estaría interesado en que se desmovilizaran? El interés existe precisamente porque tienen gran capacidad de hacer daño.

Mírese como se quiera, las Farc y el gobierno son dos grupos que están en guerra, entonces tienen que hacer actos de guerra, y ¿cuál guerra no se ha llevado por delante a los inocentes?, ¿cuál? Precisamente eso la hace más merecedora de que se busque la manera de que se acabe. Si no fuera así, uno dijera: que sigan con su problema, es de ellos.

Es triste escuchar que "el Ministro de la Defensa es un acérrimo opositor al proceso de paz", como dijo un noticiario. Qué exabrupto: él debe ser el más interesado en que se acabe la guerra, ése debería ser su trabajo, ésa debería ser su mayor victoria.

Hay gente celosa de cuidar que a las Farc no se les perdonen pecados. Esa gente no ven hacia adelante sino el pasado. Con su actitud sostienen que se debe castigar el pasado, o sea que si ellos (los guerrilleros) no aceptan esos castigos, que no haya paz y que siga la guerra, acumulando más muertos.

Es mejor que se les perdone todo si eso garantiza que no continúe esta hecatombe, pero muchos piensan que no se les debe perdonar nada aunque eso conlleve a que sigan matando.

Imagínese los muertos que se hubiera ahorrado este país si hace 10 años se hubiera llegado a un acuerdo con ellos. Imagínese los muertos que se agregarán si ahora no se llega a un acuerdo con ellos.

El mayor homenaje que se les puede brindar a todos los que han sido mártires de esta guerra, es hacer que sus muertes y tormentos hayan llevado a este país a sacrificar lo que sea con tal de que no se sigan acumulando esas atrocidades.

Si se ha demostrado que no se puede acabar por las armas con ese grupo, que se haga lo que sea necesario, pero que esto se acabe de una vez por todas, que no sigan los guerrilleros montando presidentes que prometen acabarlas aprovechándose de la ignorancia del pueblo.

Si el gobierno no es capaz de acabarlas por las armas, ya, pero ya (este país no aguanta más), entonces que las acaben a pupitrazos, pero ya.

Que no sigan los guerrilleros desangrando el país con sus actos, ni los políticos y militares con la excusa de combatirlos. Y punto aparte, no final.

Una propuesta en serio para la paz


Un político se roba mil millones de pesos y son mil millones que no llegaron a la comunidad en escuelas, en carreteras, en hospitales, en programas de calidad de vida… Por eso los políticos corruptos son los asesinos más grandes que ha dado este país.
Monseñor Julio César Vidal


Desde hace mucho tiempo he querido escribir algunas “ideas” sobre el proceso de la paz dialogada (la única posible) en Colombia.

Se me ha dado por pensar que, al tener siquiera la pretensión de llevar a cabo unos diálogos de paz específicamente con la subversión en el país, debe tenerse claridad sobre algunos aspectos o premisas desde los cuales evaluar todo lo que se trate en esa conversación. No basta con estar dispuestos a escrutar unos puntos, sino que debe primero concretarse con qué lente se va a escrutar aquello, en qué balanza se va a pesar lo que se plantee.

A ver si me explico un poco. No preciso si es Luis Sperb Lemos o Mario Quintana quien tiene un poema, al que titula Diálogo, que dice: -Señora, yo quería plantearle un cambio de ideas. -¡Dios me libre!

Encuentro varias interpretaciones a este poema, pero la que me sirve en este texto es esta: si te abocas a establecer un diálogo, entonces disponte a la posibilidad de cambiar tu punto de vista, tu manera de juzgar el tema sobre el cual dialogaremos; en otras palabras, predisponte a comprender, a la posibilidad de cambiarte de bando en cuanto a la forma de juzgar aquello, e incluso a la probabilidad de aceptar como correcto el punto de vista del otro; si no es así, no posibilites dialogar porque será un fracaso obligado, una acción sin posibilidades de éxito. Es esa la primera premisa obligada.

Pero para lograr internalizar esa premisa, primero debemos aceptar que el otro es inteligente, que es posible que sea más inteligente que yo, o que esté mejor informado; en fin, reconocer y respetar sus capacidades cerebrales.

La segunda premisa es estar dispuesto a aceptar que parte de las razones del conflictivo han sido generadas por mis errores, o sea que yo tengo parte de la culpa. Quien se aboca a un diálogo no debe ir armado de argumentos y pruebas que demuestren que el otro ha sido el que se ha equivocado, ha sido el injusto, ha sido el malvado, sino que debe estar dispuesto incluso a aceptar que ha provocado en el otro sus reacciones.

La tercera premisa es ser consciente de que hay que tratar, valorar o juzgar este asunto de una manera distinta a como se ha tratado anteriormente. Si el método utilizado anteriormente fuera el correcto, sencillamente ya el conflicto no existiera.

Pienso entonces que si el gobierno (esa es la representación de la “sociedad” colombiana) se aboca a unos diálogos con la guerrilla, debe ir montado sobre esas tres premisas, o sea que no debe sentarse a la mesa con un cartapacio de acusaciones y pruebas de la maldad de la guerrilla (si ellos hacen lo mismo, y pueden hacerlo, no habrá final para la discusión), ni pensando que tiene la razón y va a ver cómo convence la “los brutos o malvados” para que cambien su forma de actuar; ni con la vanagloria de quien ofrece dádivas altruistas y compasivas a unos seres que no se merecen su magnanimidad. Debe más bien sentarse dispuesto a aceptar su parte de culpabilidad, con la predisposición necesaria para apreciar y valorar las razones de la guerrilla… Debe sentarse, en fin, con la actitud del cónyuge que llega donde su media naranja y le dice: “Está bien, los dos sabemos que la cagamos, pero vamos a ver qué podemos hacer para posibilitar la felicidad entre nosotros pues, al fin y al cabo, no podemos vivir el uno sin el otro”.

Imagínense ustedes que, luego de unas semanas de peloteras con su pareja, el tipo llegue donde la esposa y le diga: “Acepta que eres una desgraciada y entonces yo veré cómo juzgo tu comportamiento con el fin de castigarte de una manera menos severa de la que en realidad te mereces”.

Prácticamente esa ha sido la posición del gobierno en todos los intentos de diálogo anteriores. Y los resultados han sido los mismos que se podrían dar en esa pareja de esposos del ejemplo dado.

Entonces, pienso yo (pobre de mi estupidez) que hay dos maneras de acercarse a estos diálogos:

Una: La del marido arriba ejemplificado, o sea que el gobierno le diga a la guerrilla: “Bueno, señores, nosotros somos lo oficial, lo civilizado, así que tenemos la razón y ustedes deben aceptar que se han equivocado, que son unos criminales, que deben someterse a nuestras leyes, permitir que se les juzgue de acuerdo con ellas y nosotros nos comprometemos (y ustedes deben confiar plenamente en nuestra magnanimidad) a estudiar la manera de ser generosos con ustedes en la medida en que nuestras leyes nos lo permitan”.

Dos: La del marido que llega compungido donde su media naranja, o sea que el gobierno le diga a la guerrilla: “Bueno, señores, sabemos que ustedes han cometido actos de terrorismo, han secuestrado, asesinado, robado, desplazado, reclutado de manera ilegal, delinquido…, y también reconocemos que nosotros, la clase gobernante, todos los que hemos dirigido el país durante más de dos siglos, hemos hecho masacres, hemos delinquido, asesinado, robado, desplazado, cometido injusticas monstruosas, pauperizado y oprimido al pueblo, orquestado su atraso; nos hemos robado los dineros con los cuales este país tuviera más de las escuelas, carreteras, servicios públicos, empresas, hospitales, laboratorios y demás infraestructura de la que pudiera necesitar; hemos promovido guerras, nos hemos lucrado del dolor del país… en fin, reconocemos que somos tan delincuentes y quizá peores que ustedes, de manera que, siguiendo el principio de que “o todos en la cama o todos en el suelo”, tenemos dos alternativas. Una: como ustedes (los guerrilleros) son delincuentes y nosotros (todos los gobernantes actuales y anteriores, por acción, orquestación, omisión o por darle legitimidad a los actos de los otros) también lo somos, a todos nos debemos tratar como delincuentes, o sea que todos debemos irnos para la cárcel y purgar nuestros delitos. Dos: como eso es prácticamente imposible, y no estamos dispuestos a hacerlo, entonces les daremos a ustedes (a los guerrilleros) el mismo trato que nos damos a nosotros, o sea que nosotros no seremos condenados por nuestras atrocidades, y ustedes tampoco por las de ustedes; nosotros gozaremos de distintas garantías y ventajas a las cuales ustedes también tendrán acceso. Así que miremos cómo hacemos para equiparar las garantías de ustedes a las nuestras, así: evaluemos quiénes de ustedes corresponden a ministros, a generales, gobernadores, alcaldes, jefes de despacho, y hasta a soldados rasos, para darles nuestras mismas prebendas y ventajas, pues somos “cucarachas del mismo cóncolo".

Y así como hemos encontrado la manera de que la sociedad nacional e internacional soporte y aporte lo necesario  para sostener y garantizar nuestras condiciones de vida, encontremos la manera de que lo haga también para ustedes, pues todo esto se lo han ganado haciendo lo mismo que hemos hecho nosotros.

Volviendo a hablar a nivel personal, recuerdo que hace unos años se planteó la posibilidad de hacer un censo de todos los campesinos que cultivaban coca para convencerlos de que si cultivaban, en la misma cantidad de terreno, maíz, yuca, cacao, etc., el gobierno le garantizaría la misma entrada monetaria que tenían cultivando coca, no tendrían que preocuparse por quién les compraría esos productos, ni en qué ni por qué carreteras los sacarían, porque ellos sólo tendrían que almacenarlos y el gobierno se encargaría de recogerlos. Esto se llevaría a cabo durante cinco o diez años, tiempo en el cual los campesinos se acostumbrarían a cultivar esos productos legales y así, cuando se desmontara ese programa paternalista, ya no habría cultivadores de coca en nuestro país. Supe que incluso hubo países interesados en aportar el dinero necesario para llevar a cabo ese programa. ¿Por qué no se llevó a cabo?

De igual manera, si ahora con los guerrilleros se hiciera lo propuesto arriba, o sea que la guerrilla fuera absorbida por las fuerzas armadas y la clase política (pues simple y llanamente debe tratárseles como iguales dadas sus similaridades en codicia por el poder y en historial delictivo), en pocos años esos grupos se difuminarían, serían digeridos por la sociedad, o sea que indefectiblemente desaparecerían.

No tengo ninguna duda de que habría países dispuestos a hacer una vaca para aportar el dinero necesario para llevar a cabo este programa.

Nota importante: Agradezco que quien lea este texto me tome por estúpido y no por mamagallista, pues hablo en serio, aunque sea desde mi estupidez.

Posdata: Una persona muy respetable me ha preguntado sobre este artículo que si entonces el gobierno debe considerar simples chismes las atrocidades que ha cometido la guerrilla, a lo cual respondo esto:


No pretendo discutir con usted ni darle todas las razones, pero le digo lo siguiente:

1. Son los guerrilleros los que en este proceso están avocados a venir, a incorporarse al sistema diseñado por los políticos, así que no hay equidad de entrada: ¿Qué hubiera pasado si el padre del hijo pródigo, cuando éste volvió al hogar del padre, se hubiese mostrado inamovible?

2. No tengo ninguna duda de que los guerrilleros son unos delincuentes. Critico entonces a los políticos y militares que no reconocen que son unos delincuentes y se paran sobre su proclamada probidad para juzgar. A mí me dijo un soldado: "Así como ellos hacen cagadas a nombre nuestro, nosotros hacemos cagadas a nombre de ellos": los dizque buenos, los que se aprestan a juzgar, equiparados en acciones...

3. Me parece monstruosamente más monstruosa la maldad de quienes se valen del poder dado por el pueblo para hacerle mal al pueblo, que la de quienes se sabe que están por fuera de la sociedad. Si yo veo que un guerrillero está en un sitio, haré lo posible por desviarme y tengo más posibilidades de que no me haga mal, pero si veo a un soldado o policía me le acerco, así que es infinitamente más injusto que ese soldado o policía me perjudique. Además, ese soldado o policía tiene un uniforme y un fusil comprados por mí, está ahí ganando un sueldo dado por mí, le dan unos premios con mi dinero; de manera que en el fondo yo le estaría pagando para que me hiciera un mal, lo cual no ocurre con un guerrillero. Si esto lo llevamos a lo que han hecho los políticos, la cuestión se maximiza extremadamente.

Creo entonces que quien recibe y juzga en un arreglo (el padre del hijo pródigo) tiene mayores compromisos: "Ha de ser en lo posible el que ha de corregir incorregible".

Agrego que propongo la lectura de Los ojos del hermano eterno:
http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/literatura/ojos_hermano/ojos_hermano.html
del cual subrayo esta pendejadita:

-¿Dónde está la medida de tu sentencia? ¿Qué medida tienes, juez, para medir? ¿Quién te ha azotado a ti para que sepas lo que significa el látigo? ¿Cómo puedes contar los años como si lo mismo fuesen tus horas pasadas a la luz que las horas pasadas en la oscuridad de la tierra? ¿Has estado alguna vez en la cárcel para que puedas darte cuenta de las primaveras que arrancas a mi vida? ¡Eres un ignorante, no un juez! Solamente aquel que interviene en la batalla sabe de ella, no aquel que la dirige desde lejos. Únicamente quien ha experimentado el sufrimiento puede medir el sufrimiento. Sólo el culpable puede medir tu orgullo para castigarle. Tú eres el más culpable de todos. Yo me he visto cegado y arrebatado por la pasión de mi vida, por la angustia de mi miseria; pero tú dispones a sangre fría de mi vida, me mides con una medida que tu mano no tiene y con un peso que tu mano no ha sostenido nunca. Estás en la silla de la justicia, pero no puedes sentarte en ella como un juez. ¡Mides con la medida de la arbitrariedad! ¡Márchate de la silla de la justicia, ignorante juez, y no juzgues a los hombres vivos con la muerte de tus palabras!

Y veamos este aparte de Fernando González:


¿Quién afirma que Sarret, el notario marsellés que mató a Chambón y a su amante, para robarles, y que disolvió, con ácidos, en una bañera, sus cadáveres, es menor que el juez que lo condenó a la guillotina? Habría que medir la cantidad de pasiones, activas y pasivas, la cantidad de posibilidades en cada uno, la cantidad de esfuerzo e inteligencia espiritual. Muchas cosas habría que medir y, entonces, podríamos conjeturar apenas.
 –El remordimiento–

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