Los cuentos de Carmen Amelia

CUENTOS PARA COMENZAR LA NOCHE
Carmen Amelia Pinto
Ministerio de Cultura – El Túnel
122 páginas
Montería, 2010

Por Naudín Gracián

La escritora
Carmen Amelia Pinto
Se trata de un volumen de cuentos cortos escritos en una prosa firme, sin titubeos ni ripios, bien estructurados: de alguien que conoce y domina el oficio. En él se notan con facilidad los más de 20 años de lecturas, estudio, fundamentación y reescritura que empleó su autora para aparecer en la letras nacionales con un libro válido. No está dividido en partes, pero podríamos decir que sus textos corresponden a tres líneas: cuentos (sin más adjetivos), cuentos costumbristas y minicuentos. El tema más recurrente en este volumen es la muerte, a veces desde una visión macabra; tienen preponderancia los personajes obsesivos, obtusos y vengativos. Podríamos decir que su aliento es algo árido, que su humor es negro; no obstante, aunque es notable la falta de amor de pareja en sus páginas, como lo resalta el prólogo, algunos de sus relatos son ricos en ternura, en buenos recuerdos de personas amadas. Es de destacar en este volumen una característica poco común en la literatura: la forma de ver las cosas en muchos de estos cuentos, es la de un niño, sin que sean historias infantiles ni narradas por chicos. O sea que aunque son cuentos para adultos, algunos de sus episodios, como el del tipo que se tragó la noche, sólo son posibles desde una visión y una credulidad de niños. Y Carmen Amelia los relata como diciendo: “Esto sucedió así, y punto. Es defecto tuyo si no me crees”. Y le creemos.

Un cuento del libro

A imagen y semejanza

Paulina miró desesperada hacia el cuarto de sus hijos. Los cuatro niños mongólicos habían desaparecido. No se explicaba cómo. Ellos siempre permanecieron ence­rrados y ni siquiera sabían caminar, sólo se arrastraban, arras­trando también sus lenguas que no les cabían en las bocas.
Los llamó por toda la casa, pero sabía que no contestarían, porque ellos no hablaban, ni gemían, ni lloraban.
Ella seguía buscando. El bosque no fue suficiente para hallarlos. Los buscó en toda la selva, en toda la ciudad y en todas las ciudades. Nada, no halló nada. Diez años de búsque­da no fueron suficientes.
Hasta que recordó, con sorpresa, que no los había buscado en la gaveta de su ropero. Allí encontró, sanos y salvos, a los cuatro muñecos deformes, que su mente de mongólica, había tenido como hijos.
Carmen Amelia Pinto

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