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Bestias

Cuando Huracán salió, ningún mantero osó aproximársele. La plaza no quedó totalmente vacía, pero casi todos los que la albo­rotaban se colgaron de las varetas o se tiraron por debajo de la cerca, impresionados por la imponencia y fama del animal. Algunos continuaron deambulando en la plaza, pero lo más alejados que podían de semejante fiera.

Naturalmente, en los palcos se formó una algarabía que reclamaba el arrojo de los garrocheros, banderilleros y toreros, de tal manera que por unos instantes la música de las bandas quedó anulada por el alboroto humano.

Era majestuoso aquel animal. Negro, de astas largas y de carnes llenas. Se paseaba por toda la plaza, sin encontrar quien discutiera su dominio absoluto del territorio. Su fama estaba cimentada en la sangre de sus numerosas víctimas en múltiples corralejas. Miraba a todos lados, orgulloso ante esa turba que le adoraba del puro miedo.

Retrocedió poco a poco hasta toparse con la cerca que le sirvió de apoyo. Muchos valientes, temblando de miedo, guindaban de las barandas, justo sobre sus cuernos, esperando que el toro se alejara.

De repente, la fiera sintió un ardor agudo en una de sus patas, arriba, prácticamente en el anca. Realmente, no fue mucha la molestia pero, cuando trató de dar un paso con esa extremidad, su cuerpo se dobló dolorosamente hacia ese lado. Entonces sintió otro chuzazo que le hizo doblar la otra pata. Acosado por el dolor trató de alejarse, aunque fuera arrastrándose, de ese rincón maldito, pero en el instante comenzaron a llover los porrazos, patadas y cuchilladas de la jauría, primero de borrachos y luego de todo el que quiso caerle encima.

Después, alguien apareció un cuchillo largo y plano que cercenó gran parte de una nalga. El toro lanzó su primer gemido desgarrado. Luego, aquello fue el desenfreno total: hombres sacando pedazos de lomo, de barriga, costillas, entrepierna…; con cuchillos, hachas, rulas; y un animal moribundo de sufrimiento y terror, que berreaba con toda la desesperación de su raza.

Un hombre llegó con un hacha de matarife, agarró por un cacho el resto ya descuartizado y aún vivo de la fiera, y le propinó en la frente tales golpes que las astillas de huesos pringaron a los circundantes.


Huracán lanzó por fin su último mugido que estremeció la memoria de los presentes hasta más allá de dos generaciones, y marcó para siempre la historia de aquel pueblo. Los asesinos se alejaron avergonzados y sobrecogidos ante su propio salvajismo. Sólo un joven de aspecto enfermizo permaneció en el enorme círculo del palco, petrificado por el terror y la impotencia.

Las cosas del profesor Tirado

Las cosas del profesor Tirado es un libro en el que se plantea una propuesta de cómo abordar la creación de texstos en el aula. De forma sencilla, como si fuera un adulto recordando cómo un profesor especial le enseñó a escribir distintas clases de texto, se relata el proceso de cómo el docente daba las clases y los ejercicios que ponía a sus estudiantes. De modo que este libro tiene dos aportes: uno didáctico y otro literario. Didáctico porque, además de exponer la metodología, explica los textos que aborda, sus características, estructura y proceso de creación.´Literario porque, una vez explicada la clase de texto, hay un ejemplo que consiste en un cuento escrito con la estructura del texto explicado. De esa manera se abordan el poema, la noticia, el monólogo, el relato, la descripción, el guion de televisión, la reseña y la crónica. Los protagonistas de esos textos son las cosas de la casa de una familia, así que este libro se puede leer como una pequeña novela de corte infantil y al mismo tiempo es un texto sidáctico.

Esta obra ha sido utilizada en primaria, secundaria y universidades por lo que ha sido necesario hacerle 5 ediciones.

Dos apartes del libro

El culpable de este Libro

Debo reconocer que cuando llegué a la clase del profesor Tirado, tenía ciertas ventajas frente a la mayoría de mis compañeros: una, que me gustaba escribir, y de hecho lo hacía aun sin tener un profesor que me lo exigiera; otra, que leía bastante y, haciéndolo, observaba cómo se expresa la gente que escribe.
De igual manera, quiero que quede claro que lo que aparece en este libro no son exactamente los apuntes de la materia de Lengua Materna de ese año, porque algunos ejercicios que no salieron muy bien los deseché, y los que están aquí los corregí y perfeccioné, ahora que ya sé un poco más del oficio de escribir. Este libro más bien es un recuento de la labor del profesor Tirado en ese curso que fue fundamental para mí, pues, además de haber compartido conmigo sus conocimientos, logró convencerme de que leer y escribir bien es importante y posible para cualquier persona, y que incluso es necesario para la sociedad. Hasta entonces, me habían dicho que era una forma de perder el tiempo. El profesor Tirado nos dijo, por ejemplo, que necesitamos describir bien para hechos tan simples y cotidianos como indicarle a alguien cómo es una persona, lograr que nos hagan un vestido o un mueble como nosotros lo queremos; saber narrar para ilustrarle a un determinado jefe cómo sucedió un incidente en la empresa, ilustrar a una autoridad cómo ocurrió un delito o accidente; saber argumentar para realizar una petición, un proyecto, una carta o incluso para enamorar, o simplemente para ser entretenido e interesante para nuestros allegados. En fin, que escribir bien es una herramienta que nos puede servir en muchísimos momentos de la vida, sin importar el oficio en que nos toque desempeñarnos; además de que nos da cultura y mayor facilidad para entendernos con los demás. Y lo mejor aún: el profesor Tirado nos aseguró que todos podemos alcanzar un alto nivel de redacción, si lo practicamos con interés y si seguimos una metodología adecuada.
Un pequeño paréntesis: mientras redactaba la idea anterior, recordé que el profesor Tirado nos aseguraba que el cerebro es un músculo, y que, como todo músculo, mientras más se le exige con entrenamiento y metodología, mayor desarrollo alcanza; pero, si se le deja quieto, tiende a secarse e inutilizarse. De esa explicación me quedó marcada en la memoria su historia del tipo que, al nacer un becerro, se acostumbró a cargarlo todos los días, de manera que el animal llegó a pesar quinientos kilogramos y él lo seguía cargando.
Continuando con las ideas del profesor Tirado sobre la redacción, nos convenció de lo necesario que es cargar siempre una agenda o libreta de apuntes, no para consignar las actividades del día, sino cualquier impresión que tuviéramos en casa o en la calle, cualquier frase interesante que oyéramos o se nos ocurriera, cualquier pensamiento que nos viniera a la mente a raíz de un suceso o de una lectura. Esa libreta, nos dijo, es muy útil para, pasado el tiempo, buscar en ella ideas que nos ayuden a ser mejores; además, lo acostumbra a uno a estar alerta respecto a lo que pasa a su alrededor, a sacarle significado y sentido a la vida.
Me decidí a rescatar estos apuntes, y hacer un libro con ellos, como un homenaje a ese profesor, ahora que me enteré de que se quedó sin trabajo. Los dueños de la institución donde me dio clases, no sólo lo echaron sino que incluso le hicieron un cuestionamiento y escarnio público. Según ellos, no sabía nada de Español y por eso no desarrollaba los programas sino que se dedicaba a enseñar asuntos que no iban al caso y que no servían para que los estudiantes sacaran buen puntaje en las Pruebas Nacionales. Como todos sabemos, su caso no es único en este país de inquisidores.
Finalmente, quiero aclarar que en este volumen aparecen solamente los temas que tienen que ver con la literatura, pero también trabajamos con su singular metodología el artículo de opinión, el perfil, el ensayo, el proyecto, entre otros.

La Noticia

La noticia, nos dijo el profesor Tirado, es la expresión más importante del periodismo, e incluso es su razón de ser. Según encuentro en mis apuntes, la palabra noticia implica novedad, veracidad e interés, lo cual asegura el respeto del lector, o sea la venta del periódico. (Hay que anotar que la noticia puede ser para prensa, radio o televisión, pero siempre conserva sus mismos princi­pios). Para ello, la noticia debe ser sobre hechos reales y comprobables, escritos con un lenguaje claro y sencillo, de manera que cualquier persona comprenda los sucesos aunque no sea muy conocedora del tema. También debe ser de sucesos recientes y que afecten al mayor número de personas posibles, para asegurar que sea interesante para muchos lectores.

La estructura de la noticia es la siguiente:

1.  El encabezamiento o lead (se dice /lid/), que es un párrafo en el cual, en lo posi­ble, deben estar, en cualquier orden, las respuestas a los interrogantes: qué pasó, quién lo hizo, para qué o por qué, a quién le suce­dió, dónde sucedió y cuándo ocurrió. No importa el orden en que aparezcan, lo importante es que el lead tenga lo más completa que se pueda esta información.
2.  El desarrollo, que es uno o varios párrafos donde se describe cómo sucedió aquello y debido a qué, si es posible determinarlo.
3.  Los detalles, que también es uno o varios párrafos en los que se describen las consecuencias del hecho, los comentarios de los testigos, las conclusiones del caso, etc.

Además, nos enseñó el profesor Tirado, la noticia debe estar acompañada de fotografías que ilustren y aclaren gráficamente el suceso, con su respectivo pie de foto. El Pie de Foto consiste en una frase al lado o debajo de la foto que haga la relación entre la fotografía y la noticia.
Luego, nos leyó varias noticias, las analizamos, les sacamos las respuestas a cada pregunta (algunas no las tenían todas). Luego, nos enseñó los pasos para realizar una buena noticia (investigación, organización de las ideas, redacción y corrección) e hicimos ejercicios como el siguiente:


TRAGEDIA EN UN HOGAR

Un desastre sin prece­dentes se registró hoy por la mañana en la sala de la familia Sánchez. Mientras la señora del servicio hacía el aseo diario, la niña de la casa trató de pasar furtivamente y de prisa. Cuando iba por la mitad de la sala, un pie resbaló en el piso enjabonado llevándose por delante una pata de la mesita de los muebles. El vidrio lanzó un grito de mil campanas al morir despedazado contra el piso, cortó levemente el pie culpable y ocasionó la rotura del florero de mármol que reposaba encima.

La niña fue atendida urgentemente por la señora del servicio, quien manifestó llamarse Zoila Luna, antes de que llegara la mamá, y no registró complicación alguna. Pero, lo que se ha considerado una tragedia irreparable, ha sido la rotura del florero de mármol. Este era un objeto muy apreciado en la casa ya que hacía parte de un hermo­so juego decorativo conformado por el marco de un espejo, una mesita de tocador, un par de nocheros, la mesita de los muebles, una lámpara de la sala y el susodicho florero. Todos hechos en mármol con figuras humanas y de animales que los rodeaban amistosamente.

El espejo, la mesita de los muebles, la lámpara y los nocheros, lamentan su desaparición por ser un miembro de su familia; la niña, la señora del servi­cio y la dueña de la casa, se lamentan porque era muy bello; y el señor de la casa recuerda adolorido cuán caro le costó el hermoso florero.

La niña ha sido curada, el vidrio reemplazado por otro y la señora ha terminado de hacer el aseo. Todo ha vuelto a la normalidad y la mamá, la niña, la señora del servicio, el dueño de la casa y todas las cosas que habitan en ella, comienzan a sentir como si el florero de mármol jamás hubiera existido.


Proceso de redacción de esta noticia.

Es sabido que el periodista, al saber de un hecho noticioso, se desplaza hasta el sitio y toma unos apuntes, que generalmente son frases cortas, que le servirán de apoyo para luego, en la oficina, redactar la noticia. Igual proceso hice yo para realizar este cuento. Los apuntes previos para realizarlo fueron:

Para el Lead:
Qué pasó: Ocurrió un accidente en el que se quebraron un vidrio y un florero, y se lesionó una niña.
Quién lo hizo (o provocó): una niña
Dónde: En la sala de los Sánchez
Cuándo: esta mañana
A quién le sucedió: a los susodichos objetos y a la misma niña.

Para el Desarrollo:
La señora del servicio atendió a la niña.
El florero roto hacía parte de un juego decorativo, todo de mármol.
Tristeza por la rotura del florero.

Para los Detalles:
Todo se solucionó sin graves consecuencias.
Pronto se olvidaron del florero.

Queda claro que es un cuento en forma de noticia y no una noticia de verdad, razón por la cual no cumple algunas reglas propias de la misma como que sea de hechos comprobables, con un lenguaje objetivo, que afecte a un amplio número de personas, ente otras.

Los muertos valen lo que pesan sus recuerdos

Contiene 10 cuentos, una especie de epílogo y una presentación escrita por José Luis Garcés González. Aparecen en él, entre otros, En la ruleta de los sueños, cuento premiado en el II concurso de cuento de la Secretaría de Educación de Medellín, 1989; Nubarrones, cuento premiado en el concurso nacional de cuento breve El Túnel de Montería, 1989; Desempolvando adioses, mencionado en el concurso de cuento regional de la Costa Atlántica Leopoldo Berdella, de Montelíbano, 1990; y Una manera amarga de apoderarse del vacío, cuento ganador del premio único del III concurso nacional de cuento Fernando González de Medellín, 1990.

UN CUENTO DE ESTE LIBRO:

EN EL CEMENTERIO DE LOS PARAGUATANES 


“El hombre es fugaz
Como el eco de un nombre impronunciado”  -José Manuel Vergara-

Ya va de huida el sol y proyecta las sombras hacia atrás de sus dueños, de tal manera que ninguno de los dos puede ver esa mancha voluble y negra que los persigue, pues no miran hacia donde van quedando las huellas de sus caballos. Ya sé que van tres, pero dije dos porque el que va en el medio está muerto aunque no lo parezca.

Los caballos pisotean esa culebra de color candela que los conduce hacia el cementerio de los paraguatanes y levantan una neblina de polvo que da más fuerza al bochorno. Así como van, no pareciera que el muerto está vivo sino que los tres van muertos, porque se tambalean al compás de los caballos y miran un punto fijo. No se dicen nada. Tal vez saben que, si sueltan las palabras, éstas se estrellarán contra el polvo, muertas de calor, antes de tocar el oído.

Junto a ellos pasa el bramido de un toro que parece morir de sed, y su eco no llega muy lejos: se pega a las piedras hasta extinguirse calcinado. Se vuelve pegajosa la boca y de pasta los labios. Tal vez alguien ha llegado a la cantina de don Rufo y le espanta el tedio diciendo:

-Déme una cerveza.

Después de arrojársela a su sed, anuncia:

-Busco a la Julia porque juré casarme con ella.

Si esto hubiera ocurrido unos ocho años antes, cuando la vida todavía andaba por estos parajes, la carcajada de los asistentes hubiera despertado el lugar. Pero ahora no. Simplemente miraron a ese don Quijote con pistolas que está recostado contra el mostrador y, como algunos observan hacia la calle, se me antoja que si supieran algo acerca de aquel señor de la Mancha, quizás pensarían que el que está amarrado en el horcón de la entrada es el mismísimo Rocinante. Por lo que dijo, saben que es otro de los tantos locos a los que el sol les seca el cerebro y andan por todo el llano inventándose una excusa para correr tras una bala que les ayude a dejar caer la vida. Todos parecen no haber visto nada y continúan jugando a que juegan.

Los tres jinetes llegan al pueblo de cruces. Todas son de igual color, como si estuvieran hechas del mismo palo o tuvieran la misma enfermedad. A algunas les hace falta un brazo, o los dos; las que no están tiradas de espaldas sobre el montón de tierra que coronan, están ladeadas como un hombre herido. Podría decirse que en este lugar hasta las cruces están muertas o agonizando.

Los dos vivos se apean mientras que el difundo, empecinado en seguir mirando como si buscara su cadáver, no se ha dado cuenta de que llegó a casa. Amarran las tres bestias en un árbol que el sol está dejando calvo, y quitan la sombra que monta al tercer caballo con el cuidado de quien baja a una parturienta. El muerto se recuesta sobre el que llaman Justo y le ensucia la camisa de sangre como un borracho lo haría de baba.

Es dura esta costumbre cristiana de enterrar los muertos.

Allí se queda el difunto tirado, contento del tamaño de su muerte, mientras los vivos se arman con los picos y palas que trajeron amarrados a los lados de sus sillas. Como si de antemano hubieran tenido marcado el lugar y el tamaño, comienzan a cavar, sin mirarse siquiera.

Ahora el jinete que tal vez llegó a la cantina, está sentado a una mesa con una cerveza al lado. Los que juegan en el rincón lo ignoran y don Rufo trata de encontrar la punta del sueño que extravió cuando llegó el forastero.

-¿Alguien conoce a la Julia?

-No es costumbre por aquí conocer a nadie.

La respuesta pareció salir de las paredes porque el forastero mira a su alrededor y nadie se muestra enterado de que él está en medio del salón.

Acá, en el cementerio, los dos hombres se dan prisa en remover la tierra, quizá porque el calor puede acelerar la descomposición del muerto o por su afán de cumplir la cita que tienen pendiente. El sudor les culebrea por todo el cuerpo mientras le van ganando la guerra a esa tierra dura y tan muerta como sus entrañas. Si miraran los troncos y las piedras que yacen por los alrededores, podrían ver que emanan una especie de humo, como el que despide la gasolina. Pero ellos no miran nada. Estoy seguro de que si a uno de los dos le preguntaran de qué color está vestido el otro, no tendría qué responder.

Cuando calculan que el hueco está listo, más por el tiempo que le han gastado que por lo profundo, van donde el difundo y lo arrastran halándolo de las extremidades. Ya está tieso y la sangre negra se le cae como corteza de cocotero seco. Al borde de la fosa, Justo Molina agarra los brazos y Manuel Montoya las piernas. Después de levantarlo arriba de sus rodillas, lo dejan caer como un costalado de basuras. Cabe perfecto.

-¡Cómo se nos acabó el Gitano!

No salió malo el intento de hablar, porque las palabras no cayeron fulminadas por el calor, como pájaros. Sin embargo, no muestran interés por eso y simplemente el que llaman Manuel Montoya, comenta:

-Cometió muchos errores juntos. Primero dijo que te iba a matar, luego permitió que mi bala saliera primero que la suya y entonces se le atravesó en el camino. No nos podía dañar la cita.

Le tiran tierra al Gitano como si se descargaran de malos recuerdos, mientras el sol continúa desgajándose hacia la noche, sin dejar de arrojar con rabia su bochorno.

-¿Por qué acordamos nuestra cita, compadre?

-Nos debemos tantas que ya el porqué no importa. Usted y yo no cabemos en el llano.

Oigan eso: no caben en estos parajes. Esas son palabras mayores si se sabe que el llano es como una melaza regada en una mesa: se va extendiendo hasta desbordarse y, visto desde cierta altura, una persona es algo menos que un gusano en el medio de su grandeza. ¡Y estos dos no caben en él! Pero puede tener razón ese tal Justo Molina, porque él y Manuel Montoya son como dos historias paralelas de Palo Caído, y ningún pueblo existe, que yo sepa, con dos leyendas vivas. Bueno, lo cierto es que decidieron que uno de ellos ha vivido demasiado y que ya estorba.

-Si me toca a mí –dice el Montoya arrojando las últimas paladas de tierra sobre el Gitano-, me entierras de pies, como los árboles.

-Yo me prefiero acostado del lado derecho. Así descanso mejor.

Entre tanto, don Rufo quizá se ha vuelto a dormir sobre el mostrador, mientras los que juegan en el rincón siguen apostando al que más tiempo pierda y el pistolero que busca a la tal Julia quizá está tirado sobre una silla, las botas encima de los bancos, un brazo sobre la meza, el otro abandonado a la ley de la gravedad, y el sombrero sobre los ojos. Quizás una mosca le espanta la modorra haciéndole monerías en el rostro.

En el cementerio, los que llaman Justo y Manuel, arrojan el último montón de tierra removida.

-Entonces que sea por la Flor.

-Que sea por la Flor.

Y aunque nadie les ha dado la señal, se dan la espalda en un acto simultáneo. Caminan lentamente, como si a cada paso dejaran caer pedazos de su cuerpo. Tal vez para hacer más justificada la muerte, van recordando a la Flor.

La Flor fue una muchachita de escasos quince años que se robaron por allá por el Guairico y que había nacida para el pecado porque, a su escasa edad, ya no le encontraron el certificado de inocencia que debió cargar entre las piernas. Lo cierto es que harto tiempo que anduvo con ellos, pues hasta cariñosa se volvió la muchacha. Pero cierto día amaneció de parto, que es una enfermedad sumamente peligrosa en esa soledad que ha emparejado el llano. No pudo desocuparse del retoño de esas dos bestias que se asomaban a su sexo, menos preocupados que curiosos por ver qué cosa saldría. Así fue que la Flor se fue esfumando y quedó para siempre como burlándose de ambos, porque se les llevó el heredero. Yo creo que esa paternidad jamás se hubiera definido, porque Justo y Manuel se han ido asemejando tanto últimamente, que parecen dos cáscaras de la misma almendra. Además, ¿heredero de qué?

Después de despedirla, cada uno culpó al otro de su muerte, con el argumento simple de que ambos se creían capaces de no engendrar.

De muchas de esas cosas deben ir acordándose ahora, porque decidieron que el duelo es por la Flor.

Yo no conté los pasos porque ellos saben cuántos son. Tienen las manos en la empuñadura. Tal vez ya ni sudan. El montón de tierra que se ha de chupar al Gitano está en el medio de ese momento crucial de sus destinos, como si fuera la propia Flor. Yo me imagino a la muerte flotando sobre ellos, lista para descargar el guadañazo.

Se dan la vuelta tan rápidamente como es posible imaginarse, pues ambos se construyeron para ese movimiento. Aunque caen dos agujazos sobre el metal, se escucha una sola detonación. El estrépito se desparrama por toda la cara del llano. Esa voz no muere allí cerca de sed ni de insolación, porque no es la de ningún ser vivo: es la voz de la Muerte

Relinchan los caballos y parece que se quejó un toro.

Justo cayó de frente como un tronco porque, de lo puro macho diría yo, sus rodillas no se doblaron. Si es cierto que la bala corre más rápido que el sonido, Justo no escuchó la detonación pues, la que le tocó, le borró el mundo anidándosele en el cerebro.

Manuel Montoya vio caer a su compadre, pero, como olvidándose de ese deber cristiano de echarle tierra encima a los muertos, le da la espalda y coge el camino de Palo Caído, sin voltear a mirar siquiera a los caballos. Va sintiendo cómo un gusano caliente le parte la carne persiguiéndole la vida entre el laberinto de su cuerpo. El lado izquierdo se le ha vuelto muy pesado, como si todos sus recuerdos se le recostaran bajo el brazo.

Alcanza a escuchar un nuevo bramido de toro. Una sed de arena le clava las garras en la garganta y le cuartea los labios.

Tal vez recuerda a la Flor, a ese posible hijo al que siempre tachó de cobarde porque no le partió a patadas las entrañas a su madre para que lo dejara salir; al Gitano y a tantos más que trajeron su cadáver para que él les ayudara a malmorir. Mientras tanto, el cuerpo no resiste su paso y se va quedando agarrado a un puñado de ese polvo caliente que el verano hace brotar en este llano. Medellín, Mayo de 1989



Cuentos
Dimensiones: 12,5 x 19 cm
Medellín, 1991
120 páginas.

Cuentos para tener en cuenta

15 cuentos conforman este volumen, algunos cortos, otros no tanto, y el último titulado Al mediodía de un pueblo diferente, por su estructura es una pequeña novela de 29 páginas. Son cuentos de tema, tono y aliento variado, escritos en épocas muy distintas del autor: entre 1986 (cuando aún no era bachiller) y 2003.



UN CUENTO DE ESTE LIBRO:

BESTIAS

Cuando Huracán salió, ningún mantero osó apro­ximársele. La plaza no quedó totalmente vacía, pero casi todos los que la albo­rotaban se colgaron de las varetas o se tiraron por debajo de la cerca, impresionados por la imponencia y fama del animal. Algunos continuaron deambulando en la plaza, pero lo más alejados que podían de semejante fiera.

Naturalmente, en los palcos se formó una algarabía que reclamaba el arrojo de los garrocheros, banderilleros y toreros, de tal manera que por unos instantes la música de las bandas quedó anulada por el alboroto humano.

Era majestuoso aquel animal. Negro, de astas largas y de carnes llenas. Se paseaba por toda la plaza, sin encontrar quien discutiera su dominio absoluto del territorio. Su fama estaba cimentada en la sangre de sus numerosas víctimas en múltiples corralejas. Miraba a todos lados, orgulloso ante esa turba que le adoraba del puro miedo.

Retrocedió poco a poco hasta toparse con la cerca que le sirvió de apoyo. Muchos valientes, temblando de miedo, guindaban de las barandas, justo sobre sus cuernos, esperando que el toro se alejara.

De repente, la fiera sintió un ardor agudo en una de sus patas, arriba, prácticamente en el anca. Realmente, no fue mucha la molestia pero, cuando trató de dar un paso con esa extremidad, su cuerpo se dobló dolorosamente hacia ese lado. Entonces sintió otro chuzazo que le hizo doblar la otra pata. Acosado por el dolor trató de alejarse, aunque fuera arrastrándose, de ese rincón maldito, pero en el instante comenzaron a llover los porrazos, patadas y cuchilladas de la jauría, primero de borrachos y luego de todo el que quiso caerle encima.

Después, alguien apareció un cuchillo largo y plano que cercenó gran parte de una nalga. El toro lanzó su primer gemido desgarrado. Luego, aquello fue el desenfreno total: hombres sacando pedazos de lomo, de barriga, costillas, entrepierna…; con cuchillos, hachas, rulas; y un animal moribundo de sufrimiento y terror, que berreaba con toda la desesperación de su raza.



Dimensiones: 12 x 17 cm.
Editorial Paso de gato
2 ediciones: 2005, 2007
100 páginas

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