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Cubierta y textos de contracarátula de "Los motivos de un hombre detestable"



Los motivos de un hombre detestable es una narración concebida a mis 25 años, que ha sido intervenida y quizá desmejorada durante otros 25. De modo que esta obra es producto de una persona muy distinta a quien soy hoy. Con seguridad es por eso que, ya que no la publiqué en aquella época, luego no ha sabido satisfacerme por completo; pero no he sido capaz de destruirla. Te pido entonces perdón por proponerte que la leas. Espero que no te parezca enojosa y una pérdida total de tiempo. Y, si lo es, en todo caso no te habré hecho desperdiciar más que un par de horas.
Naudín Gracián Petro 


“La he devorado de un tirón. (…) porque lo narrado atrapa (…) porque los personajes que vas perfilando tienen la propiedad de mostrar subyugantes claroscuros desde el momento en que entran a escena: no se entregan del todo, no se abren de forma rápida como las flores del Trópico, sino en forma lenta y misteriosa, como lo hacen las catleyas o, como sucede con cierta variedad de loto oriental: se muestran a ratos para volverse a cerrar y abrirse horas después en diferentes tonos y matices”.
David Sánchez Juliao



Naudín Gracián Petro nació en Montelíbano, Córdoba, Colombia; es Licenciado en Idiomas de la Universidad de Antioquia, y Especialista en Pedagogía de la Universidad Santo Tomás. Ha publicado más de 12 libros entre cuentos y novelas, ha ganado algunos premios literarios, ha sido incluido en diversas antologías de narrativa, nacionales e internacionales, y ha dirigido talleres de creación literaria a lo largo y ancho del país. Actualmente es docente catedrático de la Universidad de Córdoba.
Blog: ngracian.blogspot.com
e-mail: ngracian@hotmail.com


LA SENDA DE LA MUERTE, novela del escritor Naudin Gracián

Por Nelson Castillo Pérez
Escritor, docente universitario.

Esta novela no es experimental. Su técnica quizás lo fue en el pasado. Ya antes William Faulkner quiso decir algo sobre la condición humana y congregó una serie de monólogos alrededor del hombre que tallaba un ataúd para alguien que se iba a morir. Esta historia de Faulkner se titula Mientras agonizo, cuyos recursos técnicos venían a su vez de Ulises, la famosa novela de James Joyce. Más tarde, con la lealtad de un discípulo aventajado, tanto Naguib Mahfuz como Gabriel García Márquez, sin mencionar a Virginia Woolf, siguieron la estela: el primero escribiría la novela Miramar; y el segundo, La hojarasca. Ambas son novelas cuyos personajes tienen sus propios discursos que giran en torno a un mismo motivo.



De modo que lo experimental en la novela de Naudín Gracián es el método con el cual se construyó la novela en la asignatura Didáctica de la Literatura, donde los estudiantes en el aula de clase, bajo la paciente orientación del profesor, le dieron rienda suelta a la creatividad. Un método de construcción colectiva, un eficaz ejercicio de pedagogía.

En la década de los setenta ya el escritor David Sánchez Juliao había utilizado el método de investigación sociológica llamado IAP, Investigación, Acción y Participación, en el que el investigador se integra y participa con los habitantes de una región para construir colectivamente las ideas y establecer con objetividad la esencia del motivo investigado. A través de esta metodología el escritor cordobés escribió profundas historias testimoniales que reunió en un libro de combate: Historias de Racamandaca.

La novela La senda de la muerte, como lo dice el propio Naudin Gracián en la presentación del libro, es de su absoluta autoría, con lo cual ratifica que la obra literaria, aunque su mecanismo principal provenga de la realidad real, pertenece exclusivamente a la capacidad creativa del escritor, quien la ficcionaliza, es decir, la hace seductora, atractiva, mediante la sabia organización de los hechos, la elaboración de los diálogos, y el uso apropiado del lenguaje.

La novela que hoy nos ocupa, vista a grandes rasgos, presenta la historia de un adolescente descarriado, Weimar Vélez, atrapado por la vida delincuencial del medio en que vive, que es el profundo sur de la ciudad, cuyo final, por obvias razones, es fatal, para sufrimiento propio y de los suyos.

La novela se desarrolla mediante un contrapunteo discursivo que configura diferentes escenarios con sus respectivos personajes frente un mismo motivo: Weimar Vélez.


Por una parte, entre otros puntos de vista, un narrador omnisciente; por otro, soliloquios de personajes que hacen parte orgánica de la trama, y por otro, la visión de un académico que se propone a escribir un diario en torno a la vida que observa y siente en el medio donde vive una temporada, que es el sur de la ciudad, escenario en el que se mueven Weimar y los demás amigotes del parche. Un  pretexto, si se quiere, para hablar de la inseguridad social y del estado lamentable de la pobreza y la mala educación que arroja a los jóvenes al mundo de las drogas y a la delincuencia. Y detrás de todo, como la piltrafa de una bandera ondeada por el viento de la derrota, el fracaso estruendoso del capitalismo.

Ruth, el animal que conversó conmigo

Te cuento, Hernán, que, sin esperanza ninguna, abrí el libro Antesala de una tal Ruth Moreno G. (¿?) que me regalaste. Una forma de perder un poco este domingo antes de bañarme. Algo de aplicación de lo que les digo a mis alumnos referente a que en cualquier momento podemos leer poesía, que no vale la excusa de que no tenemos tiempo.

Pues sí, abrí el libro y me agarró, no del cuello, porque evidentemente no es ésa la intención de la autora, ni del brazo; quizá solo del dedo meñique, pero me fue llevando poema a poema. Yo estaba afuera en mi intención despreocupada de leer un par de líneas y relegar el libro al olvido, pero me hizo asomar hacia adentro. Ni me noqueó, ni me dejó grogui; sólo sentí cierta comunión conmigo mismo. Y lo logró con su prosa partida en versos (porque es en prosa que conversamos), con su minimicidad y mismicidad, y con sus frases sencillamente complejas, profundamente superficiales (para mí, digo).

¿Me ayudó en algo a “encontrar el animal que soy”?

No creas poca cosa que alguien nos haga atesorar instanticos de felicidad.

Naudín.

El libro-barrio de Junieles

Por Naudín Gracián

Este Jhon Jairo Junieles, con nombre y vocación de otros lugares, a quien poco, muy poco conozco; este Jhon Junieles del que hace unos años escuché hablar en tono sorprendido por la sorpresa que causó la calidad de su poesía, y cuyo nombre luego encontré (ya sin mucha sorpresa) entre las estrellas del cielo de los 39 escritores más importantes con menos de 40 años en Latinoamérica; este J. J. Junieles que un día me saludó por primera vez como si fuéramos amigos de tiempo atrás, cuando ya le había leído con cara de “y este tipo qué se está creyendo” su Temeré por mí al final de estas líneas; este Junieles no me deja de impresionar.

Recientemente lo encontré en Bogotá convertido en un funcionario público, acelerado, pendiente de los uatsapazos, tuiterazos y feisbukazos, de los iresidecires de copartidarios y contradictores, de los proyectos y rendiciones de cuentas; en un escritor profesional que habla de ideas para series de televisión y de argumentos para la pantalla grande, de novelas para grandes editoriales, de concursos y pasantías literarias; en un tipo decidido a ser bueno en lo que le toque: buen abogado, buen político, buen poeta, buen narrador, buen compañero, buen amante, buen amigo y digno enemigo. Entonces me pregunté si no sería que la literatura lo había perdido. ¿Estará dando palos de ciego novato?

Por eso me acerqué con cierto recelo, como pollo mirando sal, a su texto Barrio Blues, libro éste con un título y una carátula con cierto olor a esnobismo, publicado en Estados Unidos de Norteamérica, con un diseño plano de media carta puntual, sin editorial al frente ni la leyenda correspondiente en el lomo, o sea con todas las sospechas de haber sido impreso y encuadernado en sabrá Dios qué taller de garaje con el solo fin de posar de internacional; figurando en vez de su nombre de autor las palabras J. J. Junieles, como para esconder lo suramericano y resaltar lo propio de otras tierras con más fortuna que tiene su identificación. En fin que mi recelo demoró mi decisión a entrar en el libro.

Y páginas adelante uno cae en la cuenta de que aquel tipo que habla aceleradamente y con suficiencia de las pudriciones y deleites del mundo farandulezco no está por ningún lado en estas páginas. Uno podría pensar que este libro lo escribió un viejo filosofudo, ermitañón, apartado del mundanal rüido, un viejo que se ha arrrancado el corazón para escudriñarlo a través de una alma desgastada de tanto uso. Y uno hasta alcanza a pensar que este o aquel poema pudo haberse eliminado del libro, pero encuentra que tiene una estrofa, una imagen o un verso que asombra, que hace volver la mirada sobre el texto o sobre uno mismo. Y hay unos poemas como Los efímeros, Como aire que se lleva el mundo, y también antipoemas como Tigre persa… y luego ese Barrio Blues, una epopeya en la que se mete uno como en un barrio de verdad, constituido por nuestro caribe, por nuestras alegrías miserables, por nuestro paraíso que dan ganas de llorar; poblado por nuestros familiares, amigos y enemigos, y, sobre todo, por todos los yoes que se aman y asesinan recíprocamente dentro de uno… “¡Ay, madre, ¿cómo se llama esto?!”.


Confieso que no he terminado de leer el libro, que me desespero por llegar a la próxima imagen, a la línea que sé que me golpeará más adelante; pero disfruto saber que no se ha terminado, que podré volver sobre gran parte de sus poemas, una y otra vez, antes y después de leer su último verso. 

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