La Propiedad

Salomón Brumm huye de sus recuerdos hacia otro Estado donde nadie lo conoce, en busca de tranquilidad para pasar sus últimos días. Efectivamente nadie lo conoce, pero él también ignora las leyes, las costumbres, los problemas sociales, las creencias, los intríngulis políticos de ese país… y el mundo se le voltea encima, como un inmenso caparazón de tortuga. Novela intensa que cuestiona los manejos del estado, la verdad, las creencias, la condición humana.



UN CAPITULO

Soñó que conversaba con sus padres y hermanos en la acogedora casa que les perteneció durante tres generaciones, como si jamás se hubieran muerto, como si no le hubieran causado el dolor que había de volcarle la existencia hacia una desesperación inaguantable. Ese sueño lo reconfortó un poco al convencerse de que no estaba tan abandonado pues, aunque fuera de ese precario modo, sus familiares ahora le daban el cariño que le negaron cuando estaban vivos.


Reconfortado por ese sueño, al día siguiente tuvo los bríos suficientes para dirigirse a la ciudad. Fue vestido con un añejo traje que estrenó en las fiestas del matrimonio de una hermana y que aún parecía nuevo debido al poco uso. Hubo que cepillarlo, plancharlo cuidadosamente y lucirlo ante un espejo durante algunos segundos. Casi se desconoció dentro de él.

Cuando dejó atrás el palenque ya vuelto a restaurar, un sol muy amarillo se colaba por entre el follaje de los mangos y caimitos del patio, y poblaba el césped con figuras oscilantes y volubles. Miró hacia atrás y de nuevo recordó la escena del fantasma del dictador que se paseaba frente a la ventana de un viejo caserón. Decidió que en la tarde cortaría las ramas que ya casi se abrazaban por encima de la construcción, puesto que la falta de sol podría deteriorar las tejas con mayor rapidez.

Aún no abrían las oficinas cuando se detuvo ante el edificio de asuntos públicos. Algunas personas comenzaron a hacer fila tras él. Miró los rostros imperturbables de la cola, como si todos hubieran estudiado para parecer estatuas humanas, y prefirió no preguntarles a cuál despacho debía dirigirse.

Por fin el edificio se tragó las hojas de vidrio azogado que eran las puertas, para dar paso a la gente. Salomón sintió que lo empujaron de atrás y tuvo que saltar dos escalones y equilibrarse con la ayuda de los brazos para no partirse la cara contra el piso o contra la pared.

Cada cual se dirigió al despacho en que atenderían su respectivo problema, pero Salomón permaneció por un momento desorientado, sin precisar su destino. Entonces observó el amplio pasillo, a cuyos lados oficinas aún sin abrir comenzaron a ser asediadas por solicitantes. Una de las puertas se abrió y de inmediato un tumulto de personas se precipitó hacia adentro, dando la impresión de que la derribaban. Por el contrario, a otras oficinas nadie se acercaba. Ciertos tipos corrían esquivando y atropellando a los demás, con fajos de papeles en las manos. Algunas hojas se les caían, pero allí las abandonaban como si les fuera más importante la puntualidad que la eficiencia. Del fondo del pasillo surgió un señor que rompía con furia unos papeles, renegando y profiriendo groserías; luego arrojó los jirones por la ventana que pasaba a su lado, mientras buscaba la salida, como si huyera de algo repugnante.

Al fin el señor Brumm reconoció la única puerta que había traspasado dentro de ese edificio, y asomó la cabeza en aquella oficina. Una joven con una cara común y corriente, con sus pestañas bastante largas y curvadas hacia arriba ─Salomón se imaginó que eran postizas─, lo miró como si él fuera una estatua que siempre había estado en ese sitio. Entró al despacho sin esperar a que lo autorizaran, y aguardó silencioso durante más de un minuto. La joven ni siquiera volvió a mirarlo, absorta en los comentarios de una colega vecina.

A pesar de toda la paciencia de que era capaz, Salomón interrumpió la charla porque tenía mucha ansiedad por comprobar que no había nada irregular con respecto a su propiedad.

─Señorita, necesito aclarar urgentemente un asunto...

─Un momento, hombre.  ¿Acaso no ve que estoy ocupa­da? Es de muy mal gusto interrumpir una conver­sación. Espere que lleguen más personas, porque no es justo que abandone la cuestión que trato en este momento por una sola solicitud que quizá ni siquiera tiene importancia.

─Pero es que lo que yo...

─¿O sea que usted cree que sus asuntos son más apremiantes que los de los demás? Espérese un momento, hom­bre.

En el acto, se volteó hacia su colega mientras comentaba con fastidio:

─¡Esta gente! ¡Qué impertinencia!

Como ya se había dado perfecta cuenta de que el asunto que trataban las dos mujeres no tenía la importancia que la secretaria le adjudicó, tuvo impul­sos de insultarla y marcharse. Un oleaje de furia le rugió en la sangre y un aluvión de palabras empuntadas se le asomó en la lengua, pero prefirió conservar la serenidad, a sabiendas de que se vería forzado a volver.

Momentos después, tomó importancia para la se­cretaria.

─Diga, a ver.

─Necesito saber por qué dicen que una propiedad que adquirí hace poco pertenece a otra persona ─dijo el señor Brumm mientras sacaba de bajo el brazo izquierdo un rollo de papeles que todavía olían a nuevo.

─Pero si usted se equivocó de oficina. Aquí sólo se atienden reclamos de servicios públicos, señor. ¿Sí vio que perdía mi  tiempo atendién­dolo?

─Pero, cómo así. Yo recuerdo que fue en esta oficina donde lo tramité todo. Usted misma debe­ría reconocerme pues eso hace tan poco tiempo. Vea las firmas...

─Fíjese bien en lo que hace y dice ─le cortó la joven como si se dirigiera a un hijo que le estu­viera dando una excusa poco verosímil
─. No me obligue a llamar a un agente para que lo saque por hacerme perder el tiempo, o sea, por entorpe­cer las labores de una empleada del Estado; y hasta por pretender calumniarme con su comenta­rio, porque yo jamás lo había visto.

Acto seguido, hizo girar su silla y quedó de nuevo frente a su colega y de espaldas hacia Salomón. Éste se dio tiempo para ob­servar que todo estaba como lo había conocido: las mismas caras fastidiadas frente a los escri­torios de siempre, idénticos ventiladores ruido­sos, comidos por el óxido, iguales arrumes de papeles y hasta el mismo polvo cubría las máqui­nas de escribir. Sólo las manecillas del reloj de pared no marcaban los mismos números.

Salió de la oficina y entonces pudo com­probar, en un letrero que iluminaba el travesaño superior de la puerta, que la secretaria tenía razón. Leyó: Reclamos Servicios Públicos.

Miró a todos lados en busca del letrero que indicara la oficina pertinente para su queja, pero no pudo distinguirla. Quiso devolverse para preguntarle a la secretaria, pero prefirió ahorrarse el repelón que tendría asegurado. Se dio cuenta de lo grande e intrincado que era ese sitio. Estaba a punto de abandonar el edificio cuando un muchacho que le sonreía amablemente, como para darle a entender que no era grave que fuera tan des­pistado, le indicó con el índice derecho:

─Aquel es el despacho de Registro de Instrumen­tos Públi­cos, señor.

El muchacho se alejó sin darle tiempo a Salomón de agradecerle ni de preguntarle por qué sabía lo que buscaba o si era esa la oficina que realmente necesitaba. Pensó que tal vez había escuchado su conversación con la secretaria o ésta lo había enviado. De todas maneras, se dirigió hacia donde el joven le indicó. Entró con cautela a esa oficina que se le antojó demasiado lujosa para ser la de un em­pleado del Estado. La alfombra, que aunque no era muy nueva conservaba una apariencia agradable, los escritorios relucientes y tapiza­dos de bille­tes extranjeros bajo los vidrios, los fajos de papeles, los libros bien organizados, y el aire refresca­do por un acondicionador, hacían que aquel espa­cio se le pareciera más a la ofici­na de un empresario próspero que a la de un asa­lariado del Estado.

Aleccionado por la entrevista con la secretaria anterior, y debido a un incipiente dolor en los pies por permanecer mucho tiempo parado, estaba calculando en cuál de las tres sillas dispuestas sentarse hasta que decidieran atenderlo, cuando escuchó la voz femenina inesperadamente amable y solícita con él. Se sorprendió de que fuera atendido de inmediato por la secre­taria, quien tenía su escritorio unos metros más acá del de ese joven que aún no pasaba de los veinticinco años pero que ya lucía ese aire de superioridad que caracteriza a los funcio­narios que se creen irremplazables. Salomón dedujo que se trataba del Registrador en persona.

─Mira, Rigoberto. Este hombre afirma que hace poco le compró a  una señora una propiedad de Don Otoniel y que aquí le tramitamos...

─No, señorita. Perdone que la interrumpa. Yo sé muy bien que no fueron uste­des quienes diligenciaron estos papeles. Sin embargo, vean que están amparados por los sellos correspondientes y por...

─¡Un momento, caballero! ─intervino el joven mientras se ponía de pie; resultó ser más alto que Salo­món─. Estos sellos y firmas que aparecen aquí, ni son de esta oficina, ni los conozco en absolu­to. Además, estoy seguro de que usted jamás había entrado a este despacho, y conste que tengo muy buena memoria y que en este Estado pocas personas tramitan traspasos de propiedad; ello hace que me mantenga terriblemente desocupado, pero así mismo me garantiza que jamás olvide la cara de las personas que trato en mi...

Poco fue lo que entendió Salomón de semejante discurso, tan extrañamente arrevesado a su manera de ver. Sin embargo replicó:

─Pero si todo el papeleo se tramitó en la ofici­na que está en la esquina del pasillo, esa que usted puede ver a la derecha si...

─¿Quéee...? ¿Acaso pretende sostener que algunos funciona­rios de este edificio son ineficientes o, en el peor de los casos, que se han confabulado para robarle dinero?

El hombre, que apenas se volvía a sentar, se levantó de nuevo apoyándose en el escrito­rio con las palmas de las manos, en una actitud desafiante

─¡Eso es sumamente grave! Yo le aconsejaría que se marchara ya mismo apro­vechando que, debido a mi escaso trabajo, soy el funcionario más benévo­lo y tolerante que pueda existir. Cual­quiera otro podría acusarlo de difa­mación e irrespeto a la autoridad; de poner con­tratiempos a los funcionarios del Estado, y hasta de burlador de la Ley.

Salomón vio que el tipo estaba rojo, como a punto de ser víctima de un ataque. En su discurso botaba pizcas de saliva que salpicaban el vidrio, como pequeños disparos que no alcanzaban su objetivo.

─… me da la impresión de que usted es uno de esos charlatanes que nos hacen partícipes de un problema, aprovechando nuestra disponibilidad para escuchar las quejas de los ciudadanos, y luego desaparecen para siempre, porque sus planteamientos carecen en absolu­to de fundamento.

Hizo un gesto de desprecio dirigido a Salomón pero mirando a la secretaria:

─¡Qué cosas tan absurdas se les ocurre a la gente! ¡Que compró una casa de Don Otoniel!
Volvió a sentarse apartando la mirada, como si la sola presen­cia del señor Brumm le fuera humi­llante. Luego le dijo:

─¿Y todavía no se ha ido? ¿Acaso espera que lo mande a detener?



Novela
Dimensiones: 14 x 21,5 cm.
Editorial Universidad de Antioquia
Medellín, 2002
106 páginas

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