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Cubierta y textos de contracarátula de "Los motivos de un hombre detestable"



Los motivos de un hombre detestable es una narración concebida a mis 25 años, que ha sido intervenida y quizá desmejorada durante otros 25. De modo que esta obra es producto de una persona muy distinta a quien soy hoy. Con seguridad es por eso que, ya que no la publiqué en aquella época, luego no ha sabido satisfacerme por completo; pero no he sido capaz de destruirla. Te pido entonces perdón por proponerte que la leas. Espero que no te parezca enojosa y una pérdida total de tiempo. Y, si lo es, en todo caso no te habré hecho desperdiciar más que un par de horas.
Naudín Gracián Petro 


“La he devorado de un tirón. (…) porque lo narrado atrapa (…) porque los personajes que vas perfilando tienen la propiedad de mostrar subyugantes claroscuros desde el momento en que entran a escena: no se entregan del todo, no se abren de forma rápida como las flores del Trópico, sino en forma lenta y misteriosa, como lo hacen las catleyas o, como sucede con cierta variedad de loto oriental: se muestran a ratos para volverse a cerrar y abrirse horas después en diferentes tonos y matices”.
David Sánchez Juliao



Naudín Gracián Petro nació en Montelíbano, Córdoba, Colombia; es Licenciado en Idiomas de la Universidad de Antioquia, y Especialista en Pedagogía de la Universidad Santo Tomás. Ha publicado más de 12 libros entre cuentos y novelas, ha ganado algunos premios literarios, ha sido incluido en diversas antologías de narrativa, nacionales e internacionales, y ha dirigido talleres de creación literaria a lo largo y ancho del país. Actualmente es docente catedrático de la Universidad de Córdoba.
Blog: ngracian.blogspot.com
e-mail: ngracian@hotmail.com


LA SENDA DE LA MUERTE, novela del escritor Naudin Gracián

Por Nelson Castillo Pérez
Escritor, docente universitario.

Esta novela no es experimental. Su técnica quizás lo fue en el pasado. Ya antes William Faulkner quiso decir algo sobre la condición humana y congregó una serie de monólogos alrededor del hombre que tallaba un ataúd para alguien que se iba a morir. Esta historia de Faulkner se titula Mientras agonizo, cuyos recursos técnicos venían a su vez de Ulises, la famosa novela de James Joyce. Más tarde, con la lealtad de un discípulo aventajado, tanto Naguib Mahfuz como Gabriel García Márquez, sin mencionar a Virginia Woolf, siguieron la estela: el primero escribiría la novela Miramar; y el segundo, La hojarasca. Ambas son novelas cuyos personajes tienen sus propios discursos que giran en torno a un mismo motivo.



De modo que lo experimental en la novela de Naudín Gracián es el método con el cual se construyó la novela en la asignatura Didáctica de la Literatura, donde los estudiantes en el aula de clase, bajo la paciente orientación del profesor, le dieron rienda suelta a la creatividad. Un método de construcción colectiva, un eficaz ejercicio de pedagogía.

En la década de los setenta ya el escritor David Sánchez Juliao había utilizado el método de investigación sociológica llamado IAP, Investigación, Acción y Participación, en el que el investigador se integra y participa con los habitantes de una región para construir colectivamente las ideas y establecer con objetividad la esencia del motivo investigado. A través de esta metodología el escritor cordobés escribió profundas historias testimoniales que reunió en un libro de combate: Historias de Racamandaca.

La novela La senda de la muerte, como lo dice el propio Naudin Gracián en la presentación del libro, es de su absoluta autoría, con lo cual ratifica que la obra literaria, aunque su mecanismo principal provenga de la realidad real, pertenece exclusivamente a la capacidad creativa del escritor, quien la ficcionaliza, es decir, la hace seductora, atractiva, mediante la sabia organización de los hechos, la elaboración de los diálogos, y el uso apropiado del lenguaje.

La novela que hoy nos ocupa, vista a grandes rasgos, presenta la historia de un adolescente descarriado, Weimar Vélez, atrapado por la vida delincuencial del medio en que vive, que es el profundo sur de la ciudad, cuyo final, por obvias razones, es fatal, para sufrimiento propio y de los suyos.

La novela se desarrolla mediante un contrapunteo discursivo que configura diferentes escenarios con sus respectivos personajes frente un mismo motivo: Weimar Vélez.


Por una parte, entre otros puntos de vista, un narrador omnisciente; por otro, soliloquios de personajes que hacen parte orgánica de la trama, y por otro, la visión de un académico que se propone a escribir un diario en torno a la vida que observa y siente en el medio donde vive una temporada, que es el sur de la ciudad, escenario en el que se mueven Weimar y los demás amigotes del parche. Un  pretexto, si se quiere, para hablar de la inseguridad social y del estado lamentable de la pobreza y la mala educación que arroja a los jóvenes al mundo de las drogas y a la delincuencia. Y detrás de todo, como la piltrafa de una bandera ondeada por el viento de la derrota, el fracaso estruendoso del capitalismo.

Ruth, el animal que conversó conmigo

Te cuento, Hernán, que, sin esperanza ninguna, abrí el libro Antesala de una tal Ruth Moreno G. (¿?) que me regalaste. Una forma de perder un poco este domingo antes de bañarme. Algo de aplicación de lo que les digo a mis alumnos referente a que en cualquier momento podemos leer poesía, que no vale la excusa de que no tenemos tiempo.

Pues sí, abrí el libro y me agarró, no del cuello, porque evidentemente no es ésa la intención de la autora, ni del brazo; quizá solo del dedo meñique, pero me fue llevando poema a poema. Yo estaba afuera en mi intención despreocupada de leer un par de líneas y relegar el libro al olvido, pero me hizo asomar hacia adentro. Ni me noqueó, ni me dejó grogui; sólo sentí cierta comunión conmigo mismo. Y lo logró con su prosa partida en versos (porque es en prosa que conversamos), con su minimicidad y mismicidad, y con sus frases sencillamente complejas, profundamente superficiales (para mí, digo).

¿Me ayudó en algo a “encontrar el animal que soy”?

No creas poca cosa que alguien nos haga atesorar instanticos de felicidad.

Naudín.

El libro-barrio de Junieles

Por Naudín Gracián

Este Jhon Jairo Junieles, con nombre y vocación de otros lugares, a quien poco, muy poco conozco; este Jhon Junieles del que hace unos años escuché hablar en tono sorprendido por la sorpresa que causó la calidad de su poesía, y cuyo nombre luego encontré (ya sin mucha sorpresa) entre las estrellas del cielo de los 39 escritores más importantes con menos de 40 años en Latinoamérica; este J. J. Junieles que un día me saludó por primera vez como si fuéramos amigos de tiempo atrás, cuando ya le había leído con cara de “y este tipo qué se está creyendo” su Temeré por mí al final de estas líneas; este Junieles no me deja de impresionar.

Recientemente lo encontré en Bogotá convertido en un funcionario público, acelerado, pendiente de los uatsapazos, tuiterazos y feisbukazos, de los iresidecires de copartidarios y contradictores, de los proyectos y rendiciones de cuentas; en un escritor profesional que habla de ideas para series de televisión y de argumentos para la pantalla grande, de novelas para grandes editoriales, de concursos y pasantías literarias; en un tipo decidido a ser bueno en lo que le toque: buen abogado, buen político, buen poeta, buen narrador, buen compañero, buen amante, buen amigo y digno enemigo. Entonces me pregunté si no sería que la literatura lo había perdido. ¿Estará dando palos de ciego novato?

Por eso me acerqué con cierto recelo, como pollo mirando sal, a su texto Barrio Blues, libro éste con un título y una carátula con cierto olor a esnobismo, publicado en Estados Unidos de Norteamérica, con un diseño plano de media carta puntual, sin editorial al frente ni la leyenda correspondiente en el lomo, o sea con todas las sospechas de haber sido impreso y encuadernado en sabrá Dios qué taller de garaje con el solo fin de posar de internacional; figurando en vez de su nombre de autor las palabras J. J. Junieles, como para esconder lo suramericano y resaltar lo propio de otras tierras con más fortuna que tiene su identificación. En fin que mi recelo demoró mi decisión a entrar en el libro.

Y páginas adelante uno cae en la cuenta de que aquel tipo que habla aceleradamente y con suficiencia de las pudriciones y deleites del mundo farandulezco no está por ningún lado en estas páginas. Uno podría pensar que este libro lo escribió un viejo filosofudo, ermitañón, apartado del mundanal rüido, un viejo que se ha arrrancado el corazón para escudriñarlo a través de una alma desgastada de tanto uso. Y uno hasta alcanza a pensar que este o aquel poema pudo haberse eliminado del libro, pero encuentra que tiene una estrofa, una imagen o un verso que asombra, que hace volver la mirada sobre el texto o sobre uno mismo. Y hay unos poemas como Los efímeros, Como aire que se lleva el mundo, y también antipoemas como Tigre persa… y luego ese Barrio Blues, una epopeya en la que se mete uno como en un barrio de verdad, constituido por nuestro caribe, por nuestras alegrías miserables, por nuestro paraíso que dan ganas de llorar; poblado por nuestros familiares, amigos y enemigos, y, sobre todo, por todos los yoes que se aman y asesinan recíprocamente dentro de uno… “¡Ay, madre, ¿cómo se llama esto?!”.


Confieso que no he terminado de leer el libro, que me desespero por llegar a la próxima imagen, a la línea que sé que me golpeará más adelante; pero disfruto saber que no se ha terminado, que podré volver sobre gran parte de sus poemas, una y otra vez, antes y después de leer su último verso. 

“EL PERFUME” DE SÜSKIND ES UN ALMIZCLE

Por Naudín Gracián

Una de las imprecisiones lingüísticas más comunes es la utilización de la palabra demasiado con el sentido simple y llano de muy o de bastante. Así la gente dice “Esto está demasiado bueno”, “Nos divertimos demasiado” o “En esa fiesta hubo demasiada comida”; por “Esto está muy bueno”, “Nos divertimos bastante” o “En esa fiesta hubo bastante comida”.

Si nos remitimos al sentido preciso de las palabras, todo lo que es en demasía es incorrecto, repugnante o dañino, pues todos los excesos son peligrosos.

Existe una dificultad extrema para precisar dónde termina lo bastante y dónde empieza lo demasiado, o sea lo excesivo. De esto no se libra, obviamente, el arte literario. Encontramos que muchas novelas parecen excederse en ciertos aspectos, hasta saturar; y sólo los estudiosos o académicos logran salir inmunes al otro lado de su lectura, mientras que muchos lectores desprevenidos simplemente se quedan empantanados en esos pozos tan densos.

Es esa la falencia principal de la famosísima novela de Patrick Suskind, “una de las más leídas” de finales del siglo XX, El perfume. Esta obra tiene un inicio de una fuerza impresionante, como pocas en este subgénero literario, comparado en intensidad, interés y originalidad con el de El Quijote, Cien años de soledad o incluso la Ilíada. La descripción y narración de la situación salúbricosocial del París del siglo XVIII, fecha y escenario del macabro nacimiento del protagonista Grenouille, estremece, hace reír y atrapa de inmediato. Las vicisitudes del crecimiento de este personaje, y el desarrollo de su monstruosa alma de asesino sin conciencia, casi inocente pues ni siquiera percibe la magnitud de sus actos (no concibe la valía y singularidad del ser humano frente a los demás seres u objetos de la naturaleza), es una idea que ha dado sus excelentes frutos en un alto número de ventas y lectores. Sin embargo, este libro no debió llamarse El perfume, sino El almizcle o La Saturación, pues es esa la sensación que provoca. Cuando Grenouille se introduce en su mundo personal al margen de la realidad, que es la alquimia de los olores, Suskind lo describe tan imbuido en su afán de crear nuevas o diferentes fragancias, que para él no existe más que su frenesí creativo. De lo que no parece percatarse el escritor es de que precisamente en la descripción y narración del frenesí de su protagonista, él mismo, Patrick Suskind, es víctima de su propia fiebre creativa, tan intensa que un lector poco conocedor de ese universo del perfume, casi se ahoga en la avalancha de datos, fragancias, ideas, nombres y detalles, que parecen no tener fin o que dan la vuelta sobre sí mismos. Recuerda uno a Michael Ende derrochando imaginación en la creación de personajes de las más inverosímiles naturalezas en su libro Historia interminable, o a Oscar Wilde mencionando un sinnúmero de detalles de culturas exóticas en algunos pasajes de El retrato de Dorian Gray. Como estas obras mencionadas (de calidad incuestionable), en muchos libros sus autores parecieran tener afán por demostrarle a sus lectores la enorme riqueza de su conocimiento o investigaciones sobre lo que escriben, con una acumulación de datos que algunas veces no corresponden con precisión a las necesidades de la historia que escriben, sino a su propia inmersión en el proceso creativo. En El perfume hay tantos olores, hedores, fragancias, sustancias, esencias, maceraciones, destilaciones, combinaciones, cremas, pomadas, perfumes, flores, etcétera, que el lector siente que se saturan sus ojos y se le embota el cerebro por tantos datos e ideas que se suceden en una cascada que pareciera por momentos no tener fin ni freno. Algo así forzosamente deja de ser un perfume, una fragancia literaria, para pisar los terrenos del almizcle, que si bien es cierto es elemento esencial para el perfume, es algo hostigante y repelente. Es, entonces, un perfume (léase novela) demasiado aromatizado, o sea en exceso. Si a este aspecto le agregamos algunos deslices narrativos como el hecho de que miles de personas (que en la misma obra son definidas como de muy precario sentido del olfato y muchas de las cuales están a varias cuadras de distancia) son subyugadas instantáneamente por una fragancia hasta el punto de despojarlas de su propia voluntad; o que el protagonista en cierta ocasión se haya sentido enfermo con el olor humano, pero luego de siete años de purificación de su nariz y pulmones vuelva a vivir entre ellos sin que su olor le produzca efecto alguno, entre otros deslices; y si todo eso lo miramos a través de la máxima que reza que en literatura (y en la vida) todo lo que sobra desmejora, concluimos que El perfume es una novela demasiado buena en el mismo sentido en que una naranja está demasiado madura; o sea que se pasó de calidad.

El libro de los tigres

Por Naudín Gracián

Leí Cuentos felinos, un libro cuyo título aboca a un equívoco pues no se trata de una de esas antologías tan en boga ahora como consecuencia del mercantilismo, en las cuales no es la calidad de los textos el parámetro que los agrupa sino la temática: poemas al vino, cuentos de la ciudad equis, la literatura y el fútbol, etcétera. Decía entonces que Cuentos felinos no es un libro de cuentos sobre esa clase de depredadores, sino de unos cuantos amigos que se saludan llamándose recíprocamente “Ajá, Tigre” (con la excepción de uno de ellos que se acepta jaguar).

Más allá de que los conozco a todos y que a algunos puedo considerarlos amigos (a cada uno le he leído uno que otro texto que considero bastante malo), éste es un muy buen libro. Al terminar de leerlo uno queda con la certeza de que se trata de escritores en plena cima, y que el género del cuento en la región Caribe colombiana está musculoso.

El coloquio de los ventiladores, de Adolfo Ariza (¿es filosófico o sarcástico-socarrón?), Padre no había enviado manzanas (el viejo dolor personal plasmado en lo mejor de la obra de José Luis Garcés, ahora asentado sobre el dolor del país), Tríptico de la decrepitud, de Raymundo Gomezcásseres (ya no es el cáncer metastásico que tanto me golpeó en su primera novela, sino el desmoronamiento de unas vidas, de una sociedad, atacada por el Alzaihmer: la incomprensión, el abandono, la incomunicación, el nadaimportanadismo), Todo el que anda de noche, de Clinton Ramírez (un viejo Cormorán que recuerda a Conrad o quizá al Gaviero, perdido en el hedonismo a falta de otro faro para apuntar a puerto alguno) e Historia del bufón llamado Don José Domínguez de Alamar, de Guillermo Tedio (tremendo tratado de la ruindad humana), son cuentos que, si uno se dejara llevar por el optimismo, diría que tendrán trascendencia, que representarán un hito en la literatura de nuestra región.


Pero como estoy de acuerdo con lo que dijo Manuel Mejía Vallejo en su Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín: “Si en Colombia ahora saliera por primera vez la Ilíada, nadie diría nada, pasaría desapercibida”, sólo pretendo hacer constar que leí este libro y que me gustó mucho.

Tres novelas premiadas

Por Naudín Gracián

En la Universidad Central de Bogotá, dirigido por el reconocido escritor y docente Isaías Peña Gutiérrez, existe hace más de 30 años el Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC), el cual se disputa con el de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín el honor de ser el más antiguo e ininterrumpido taller de escritores del país. Por ambos espacios han pasado, como aprendices (algunos por más tiempo que otros), muchos de los escritores que hoy engalanan las letras de Colombia por sus reconocimientos y la importancia de sus publicaciones, como Jorge Franco Ramos, Luis Fernando Macías, Libardo Porras, Nahum Montt, Juan Álvarez, Manuel Rincón, Gloria Inés Peláez, Pablo Montoya Campuzano, entre muchos otros.
Hace unos pocos años la Universidad Central ha implementado un certamen literario con el fin de promover la lectura de las obras que se cuecen en su taller y de medir su calidad frente a la producción literaria nacional. Se trata de un concurso de cuentos y otro de novela corta que desde 2008 tiene carácter nacional, o sea que en él participan escritores de todo el país aunque no hayan pertenecido al taller.
Recientemente he leído las tres novelas premiadas hasta ahora en este certamen, en su versión nacional, obras que debería conocer el país pues este concurso se ha distinguido por contactar para jurados a excelentes escritores (Evelio Rosero, Nahum Montt, Alberto Duque, Lina María Pérez, Ricardo Silva, entre otros), lo cual es garantía de que las obras premiadas tienen, por lo menos, un mínimo aceptable de calidad.

Hot hot Bogotá
Autora: Alejandra López González
130 páginas
Premio nacional de novela corta 2008


Se retrata en esta novela el mundo de los ricos: banalidades, drogas, sexo, cuernos, marihuana, moteles, traiciones, falta de valores, de objetivos en la vida de sus protagonistas; desprecio por la ética y la moral; gente con su situación económica definida o que se le define fácilmente porque sus empresas no tienen problemas, sus trabajos tienen suficientes clientes (y por eso sus vidas y dolores giran exclusivamente alrededor de asuntos personalísimos); nunca están entre sus preocupaciones con qué van a comer o a vestir, cómo conseguir para el pasaje (ni siquiera cuando el viaje es para otros países), hasta el punto de que la visa, una de las cosas que más ponen a sufrir a los colombianos, se las consiguen sus agencias de viajes; son celebridades: es a través de la televisión y las revistas que se enteran de los amores de sus amigos y amantes...  En fin, todo lo económico les es fácil, fluido, sin contratiempos. Su única fuente de dolor y frustración son sus relaciones amorosas, algo que no es poca cosa, pero si a eso se le agregan las afugias económicas, las frustraciones ante los sueños irrealizados, la lucha por conseguir lo mínimo para sobrevivir, que es lo que vive el resto de personas (los no ricos), el drama es mayor.
No obstante, en esta novela todo eso está atravesado por la realidad dolorosa del país: fosas comunes, desapariciones, crueldades…, pero como está narrada desde el punto de vista de una mujer rica, esa realidad parece algo ficticia, lejana, poco trascendente, hasta que al final también la narradora es atropellada por la barbarie.
Tiene esta novela una estructura sencilla (es simplemente la confección del mundo de la protagonista y de sus amigas con sus maridos y amantes), un ritmo vertiginoso y un lenguaje fluido que hacen que su lectura sea agradable, rápida y entretenida.

Notas de inframundo
Autor: Alejandro Cortés González
110 páginas
Premio nacional de novela corta 2009

Lo más sobresaliente de esta novela es su lenguaje ágil, escueto, sin pretensiones literarias, como si el autor planteara: “Lo que sucedió fue esto y punto, así que dejémonos de literaturadas”. Sólo tiene un lunar en el cual el escritor parece tener la intensión de “hacer literatura”: cuando en el capítulo tres diversifica la narración y la presenta como un guión de cine.
Esta novela tiene estructura policiaca (pero no lo es porque, como dice un teórico: si en una novela el protagonista no es un policía, entonces no es policiaca), de misterio por resolver que hala (o empuja) al lector a seguir leyendo para saber en qué termina aquello, lo cual la hace muy interesante. Se va desenvolviendo como una serpiente a la que uno le busca (con afán bien justificado) la cabeza. Y, cuando se acabó la anécdota, se acabó la novela: el narrador no tiene más nada que decir y no tiene necesidad de inventar más nada. Es una novela redonda y uniforme, sin altibajos ni cabos sueltos ni titubeos, como no se acostumbran ahora, pues la moda actual es hacer historias con saltos, con capítulos sin conexión, como para que el lector, si quiere y puede, los acomode donde quiera; muchas veces sin unidad sino un revoltijo de anécdotas que construyen una atmósfera alrededor de unos personajes o de unas situaciones. Al respecto, recuerdo que hace un tiempo un autor exitoso del momento me regaló una novela suya de la que le hice caer en cuenta que estaba mal editada porque le faltaban algunas páginas, y me dijo: “No importa. Lee lo que está bueno”. Me maravilló aquello porque tengo la idea de que el autor se jode tremendamente la vida tratando de darle la coherencia, el rito y el tono preciso y único a su creación. Pero, bueno, de todo se ve en la viña del Señor.
No sé si puedo decir que Notas de inframundo es una buena novela, pero, en todo caso, su autor es alguien que respeta el lenguaje, el tema y al lector. Y esos tres elementos juntos en una obra es algo muy diciente de su calidad.


La soledad del dromedario
Autor: Daniel Villabón Borja
140 páginas
Premio nacional de novela corta 2010

No podría decir sino que es, junto con El necrófilo, de Gabrielle Wittkop, la novela más extraña que he leído. Gira esta historia alrededor de un único personaje, de manera que cuando menciona a otros, dice de ellos sólo lo que afecta al protagonista, sin que se definan de dónde vienen ni para dónde siguen luego de su contacto con él. Se maneja en ella un ambiente oscuro y un tono gótico, propicio para sucesos de espanto, lo cual no sucede a lo largo de la historia, pero al final a uno le queda la sensación de que leyó algo espantoso, no por lo malo, sino por la atmósfera. Uno no termina de saber si esta obra es infantil, de terror, psicológica, erótica, maligna, sutil o burda, armónica o inarmónica, si lo que narra es natural o inadmisible. En la nota que le hace Jorge Eliécer Pardo en la contracarátula deja ver su extrañamiento ante su lectura: “Uno termina entendiendo que más que un esperpento es una gran obra de arte”. En otras palabras, Pardo da a entender lo que elucubraba yo mientras avanzaba en la lectura: “Bueno, esto es un hallazgo o una obra malograda; el autor la concibió así o no alcanzó su propósito. No sé, pero lo cierto es que este libro es una vaina singularmente rara”.
Cuento, más que novela (podía haber cabido bien en 40 páginas), al final desvaría un poco, cuando ya se han acabado las dos anécdotas alrededor de las cuales gira el relato: el cumpleaños de una niña al que ha sido invitado el personaje, y el festejo de su propio cumpleaños.
Lenguaje preciso y minucioso, tema extraño, manejo del claroscuro, final débil estéticamente hablando, personaje bien creado e inolvidable; todo eso hace de La soledad del dromedario un relato que no pasa desapercibido para el lector. Con seguridad por eso le dieron el premio.

En estas tres novelas hay coincidencias muy precisas. Primera: sus autores han sido formados en talleres de literatura: los tres han hecho parte de la Red Nacional de Talleres de Literatura (otros dicen de escritura creativa) del Ministerio de Cultura (antes RENATA, hoy RELATA), y dos de ellos del Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC), el que organiza el certamen que los premió. Segunda: en las tres el sexo es muy importante, determinante, y se muestra de una forma descarnada, casi obscena. Tercera: en las tres se nota el taller, o sea un lenguaje cuidado, buen desarrollo de los personajes, minuciosa exploración de las situaciones, aplicación de una técnica narrativa cuidada, un narrador bien definido. Y otra coincidencia, muy importante: puede que no sean grandes obras de arte, pero las tres garantizan una lectura sabrosa.


Nota. Este texto fue escrito en 2010. Luego se han premiado en este concurso otras obras que no conozco. 

UNA COSECHA LITERARIA MULTICOLOR

Tengo la impresión de que la verdad, aunque nunca ha sido estable, en tiempos pasados tendía a ser de alcances más amplios, tanto en el tiempo como en la cantidad de personas sobre las que reinaba. Uno ve que frases o enunciados lapidarios como “el tiempo es oro, y quien lo pierde es un bobo”, fueron aceptadas sin resquicios de duda por un amplísimo sector de la sociedad humana durante un respetable intervalo de tiempo. Incluso otras más discutibles como la virginidad de María, antes y después del parto, o la venerabilidad de la sabiduría de los ancianos, gozaron de esta potestad. Pero en nuestros días no hay verdades que sean aceptadas siquiera por todos los miembros de una familia o de un equipo de trabajo, ni que no sean cuestionadas en el mismo momento en que son proferidas. Y aunque esa fragilidad humana me duele, en el fondo me alegra que sea así, pues es lo que nos vuelve tan diversos (lo único rescatable del ser humano es que es digno de ser superado, dice el filósofo de la tierra).

Por todo ello, amigo poeta Juan Mares, cada día soy más temeroso de decir esto es blanco o no lo es, pues más de una vez luego me he burlado de mí mismo al constatar la estupidez de mis aseveraciones.

Así pues, no me atrevo a darte un concepto sobre el libro Policromías literarias que me regalaste (ni siquiera bajo el parasol del “para mí”, pues es normal que el mismo “mí” que soy, después diga que la cosa es todo lo contrario), sino que me limito a dejar constancia de que lo leí.

Encuentro en este libro bastante jungla, campo (árboles, pájaros y cosechas) penetrando el pavimento de la ciudad. ¿Podrían ustedes escribir de otra manera, se les perdonaría eso siendo ustedes de una población como lo es Apartadó, una pequeña urbe rodeada, casi atacada por el verdor?

Me quedan indicios, sombras, felices las más, al terminar de leer este libro que es la tarjeta de presentación del colectivo Urabá Escribe. Amores silvestres, de los de antes; furias femeninas apocalípticas (como son las furias propias  de las mujeres), políticos que sobreviven al naufragio en la balsa inestable del matrimonio, un paraíso permeado por el dolor (no puede serlo de otra manera, no existe), una leyenda indígena signada por la tragedia de esta raza; cuentos antiguos de tesoros hallados; una serpiente asesina que recuerda a Quiroga; alguien se hincha de canto como las cigarras, y otro predica que somos una réplica en miniatura del universo. Que no se me olvide pedirte, Juan, que me saludes a Nanny por saber que las mujeres callan porque el miedo lleva su nombre.

Gracias, Juan, por hacerme saber de ustedes, de sus pequeñas verdades, de que ustedes tal vez existen según parece enunciarlo este libro de cosechas que titularon Policromías Literarias.

Naudín Gracián.

Juan Marés, un potea que escrivive la peisoa

Hacía bastante tiempo no perdía el tiempo tan deliberada y oficiosamente. Lo hice leyendo a este potea de Juan Mares que no sé por qué siempre he pronunciado Marés. Yo leía e iba leyendo sin saber por qué, una sarta de haikús, galimatías, brincos, onomatopeyas, jitanjáforas, retahílas, relajos, ensayos, figuras, atrevimientos, bromas, irrespetos al lenguaje; poblados de pájaros, árboles, gente, ríos, frutas, animales de todo tipo… un hervidero de vida y de lenguaje rebosante y sin linderos; una selva remolina con los vientos enloquecidos por el descuido de Pandora. Y yo que soy tan racional a la hora de leer, que exijo rigurosidad y pulimento, sentido y mensaje, estructura y respeto, ¿qué hago leyendo esto que no va a ninguna parte porque conduce a todos lados? Pues, por el simple gozo de leer y jugar a encontrar por dónde va la cosa que en realidad viene y se zambulle.


Entre tanto me voy imaginando cómo será la charla de un tipo como éste, de un individuo que escribe de semejante manera tan frenética y sin frenos; cómo serán sus amigos, cómo lo verán sus detractores; y cómo enfrentará semejante extraño la cotidianidad más plana del desmanador de bananos que debe ser (vive en el Golfo de Urabá); y cómo será su mujer que se aguanta y goza (tiene que gozar para no suicidarse) a este loco sin madrina, transeúnte de la vida sobre el filo del desmadre.


Pero no va dando palos de ciego el muy ladino: vaya que si escribe y dice cosas, y hace descubrimientos, y teje el caos con simetría, y potea con la persistencia de un picapedrero que cincela con sus herramientas de agua, de pluma, de viento, puliendo la misma vida en sus textos que se salen de las posibilidades del lenguaje; porque, sí señores, aunque usted no lo crea porque no lo ha leído, a este tipo nuestro glorioso y multipremiado idioma con numerosos nobeles de literatura, le queda chiquito; sí, señor, no consigue aguantarle el paso este castellano o español demasiado enclenque y encalambrado (como dicen los antioqueños viejos), y entonces lo pone a enjaretafrasear; y como aun así no le da la talla, entonces hace un Poema para Pitágoras, todo en números (que no son castillanos sino indios, que no arábigos como nos enseñaron): un poema hecho con puros números… ¡habrase visto!


Definitivamente este tipo es su Masato del lenguaje: un personaje entrañable parido en sus textos, un niño real al que lo está matando una moto imaginaria. Aunque, pensándolo bien, este Juan Marés ya no tiene qué escalabrarse ya que perdió la cabeza de tanto luchar con la cordura para escrivivir su poesía en la que cada cola es una cabeza, pues tira piedras para todos lados sin dejar una sola palabra extraviada en su aparente sinrazón.



O quizá este Juan Mares no sea más que un tipo bonachón, común y corriente como cualquier Correa de apellido, al que a lo mejor ni volteamos a mirar si pasa a nuestro lado.





Las ficciones de Hermínsul


El escritor Hermínsul Jiménez

Y otras ficciones, es el subtítulo del libro El dios ebrio de Hermínsul Jiménez Mahecha. Llamo la atención sobre el subtítulo porque es a él que debe remitirse el lector al acercarse a esta obra publicada por Común Presencia Editores, en la colección Los conjurados, ya que la palabra ficciones es la que mejor describe el contenido de sus textos.

Está conformado este libro por 41 relatos cortos agrupados en dos partes: Intertextos y Entretiempos. La primera parte, como su nombre lo indica, se trata principalmente de recreaciones o variaciones de situaciones planteadas en otros textos, principalmente clásicos. En la segunda aparecen relatos un poco más locales, algunos de los  cuales tienen origen anecdótico.

A Hermínsul, quizá signado por su mismo nombre, le gusta jugar con el vocabulario de resonancias antiguas. Ionesquina, grácil, desnudarla de sus tersuras, Kyros, Tántalos, arkhilugio, jacerina, sorites, son términos que dan cuenta de esta tendencia suya. Su forma de expresarse da un ribete categórico de verdad, de seriedad a lo que narra aunque en el fondo sea liviano y algunas veces hasta juguetón e irónico. De pronto salta a la cara del lector una frase singular: “el hombre abrió las dos hojas de la puerta de su casa y se le vino encima el azul intenso, despejado”, o “Hay personas que se quedan alojadas en la memoria de otras por algún pequeño milagro, una frase graciosa o chocante que marca una huella en el tiempo”; o una pregunta desconcertante en boca de una niña (“cuando Adán fue creado, ¿nació niño como todos nosotros o ya era un hombre adulto?) o en la de un viejo (“y tú, ¿todavía tienes corazón?”); o una anécdota terrible tras la apariencia de una trivial como la del niño que se salva a sí mismo y a su hermanito, de los asesinos que en la otra pieza degüellan a sus padres, dándole a mamar su tetilla inútil; o la terrible capacidad de crueldad de la inocencia cuando una niña trata de avisarle al asesino de una película dónde está escondida la víctima que busca; o esta ironía de persona de muy mala leche: “con la suavidad de una flor de cemento que cae en una mano desprevenida, el muchacho le dijo: ―Papá, se está derrumbando la casa”, o el colmo: un cuento sin historia, un relato sin anécdota, alrededor de nada para contar.

En fin, este es un libro que se deja leer, que se hace leer, que se justifica leer por muy variadas razones.

(Acá entre nos, si entiendes todos sus relatos te comunicas conmigo para que me hagas el favor de explicarme algunos que me dejaron viendo un chispero. Porque, incluso aquellos que no entendí, este tipo los cuenta de una manera tan seria que uno queda convencido de que se trata de algo importante).

Una canción vallenata del montón


Por Naudín Gracián

“Como yerba fui y no me fumaron”
Raúl Gómez Jattin

Cuando era adolescente la cantaba por pedazos (lo recuerdo), porque el dolor de no ser lo que se quiere ser, el temor a que la vida no esté de nuestra parte, parece que nace con ciertas personas. Aunque no me la sabía, aunque no la había comprendido en su globalidad (ahora me doy cuenta de ello), y aunque no podía cantarla porque en una parte su melodía es tan alta que “el gallo” no falla si un mortal común intenta interpretarla, me gustaba porque hablaba de alguien frustrado sin ser culpable de ello; y porque mencionaba a la Guajira, una tierra que sólo se necesita conocerla para amarla para siempre.
Durante muchos años la olvidé, tal vez porque, obnubilado en la lucha por conseguir un lugar en el mundo, no estaba para canciones que hablaran de frustraciones debidas a que la vida lo dispone así. Pero con la llegada de los cuarenta (una edad en la que cuando era joven creí ser famoso o suicidarme) uno empieza a recapitular. Y, poco a poco, verso a verso, recuerdo a recuerdo, la canción La vida y yo, interpretada por Los Betos, volvió a instalarse en mí.
La vida y yo es una frase que en sí misma, a nosotros los que pretendimos ser algo más allá de lo que quizás nos fue dado por la naturaleza (no es mi intención blasfemar), nos introduce en el dolor. Desde que empecé a asomarme a la conciencia de lo que es el mundo, he visto a La Vida (con mayúscula) como a una señora señorona, conspicua, despectiva, remilgada, que me mira de soslayo, que pasa por mi lado arrojándome su influjo, como diciéndome: “Nada que ver contigo”. Y siento que esa señora hace lo que le da la gana conmigo, sin consultármelo, sin evaluar mi conveniencia, incluso sin voltearme a ver siquiera, pero nunca dentro de su “loqueledalagana” están mis sueños. Por eso me gusta mucho el poema Poetas del olvido de Luis Fernando Macías cuando dice: “Dejamos rastros/ de carne y de sangre/ en los latidos/ de los versos. (…) pero en todos los cajones/ resquicios y escondrijos/ encontramos el olvido…/ La poesía/ que no quiere venir a nuestros versos/ nos sigue/ paso a paso/ en cada acto/ invisible/ ante los ojos”. La Poesía de la que habla Macías es La Vida para mí. La verdadera Vida, no la sobrevivencia. No confundamos.
Roberto Calderón Cujía
“Nació el muchacho entre guitarras y acordeón / Y enseguida la región / Le dio el acento guajiro”, canta Beto Zabaleta. Nació un niño con la felicidad disponible desde la punta de sus pies hasta el horizonte visible: rodeado de música, de alegría, de una cultura rica, con una identidad orgullosa con motivos. “Y desde entonces la desértica región / Nuevamente floreció / Al compás de un bombardino / El cual mi viejo tocaba en su tiempo / De él llevamos la herencia musical / Él se enguayaba si oye un porro viejo / Un buen bolero / Hombe, y la creciente del Cesar”. Qué buen retrato de la alegría: ¡una región desértica que florece gracias al empuje de la felicidad de un hombre que toca su bombardino porque acaba de nacer su hijo! ¡Qué bello! Y no es un hombre prístino, sino uno sensible, soñador, amante de su prole, de su cultura, de la vida. Mi padre. El de todos, ya sea porque es así, o porque lo fue, o porque quisiéramos que hubiese sido así. “El hijo siguió su sendero / Como una cosa natural / Todo el mundo le dice Beto / La adoración de mi mamá. / Y así el muchacho fue creciendo / Teniendo como base este folclor / Su guitarra aprendió”. No hay duda de que el hogar florece con la existencia de ese hijo, que es bueno, que va encaminado por los mejores sueños de sus padres. Pero… ¡qué desgracia los “peros”! Como en las historias decimonónicas, ese equilibrio paradisíaco planteado al principio es presagio ineluctable de tragedias; es la plataforma, alta, muy alta, desde la cual se desbarranca el ser. Y así una piedra se atraviesa en la perfecta pista de hielo por la que se desplaza aquella vida: una piedra cae en el estanque de aguas diamantinas en reposo: “La suerte lo engañó, qué vaina / Su guitarra quedó callada / Un accidente es la causa”. Aquí el narrador-compositor corta la secuencia, porque quiere dejar el suspenso para la próxima estrofa. ¡Qué le pasó al muchacho? Entonces mete el coro, un coro que salta muy adelante en el tiempo para decir: “Pero la vida tiene reveces / Ay, que a veces / Ay, que a veces…”. La vida tiene golpes tales que… uno no sabe ni qué decir. Pero… “Yo lo he visto reír de mañanita / Yo lo he visto reír. / Ya no puede tocar de madrugada /Ya no puede tocar /Pero puede cantar / Claro que no es igual [a] cuando tocaba / De tanto que lo quiero, me enguayaba”. Y entonces uno trae a la memoria a Licho, el cuento de Jairo Mercado Romero en el cual un hombre viejo abraza a su hermano mientras le recuerda en voz alta su vida de retrasado mental, convertido en el hazmerreír del pueblo que lo acosa y apedrea por el simple pecado de no saber hablar y de ser un niño perenne en un cuerpo de viejo; y al final del cuento ambos mueren abrazados, y entonces el “normal”, al entrar al cielo, le dice a su hermano: “Habla, Licho, habla por todo lo que no pudiste hablar en la vida”. ¿Será algo así lo que relata esta canción?, se pregunta uno en este punto.
Entonces empieza la segunda estrofa: “Pero la suerte está teñida de color / El negro que es el dolor / Y el verde que es la esperanza”. El narrador vuelve al momento enseguida del accidente, sin que nos diga qué fue lo que sucedió, porque no es importante. Lo trascendental son las consecuencias de aquel suceso. Como en la segunda etapa de lo que se conoce como “Novela de La Violencia” en Colombia, cuyos escritores dejaron de retratar descarnadamente el carnaval de horrores que se dieron en esa época vergonzosa del país (tan vergonzosa que sus causantes, la clase poderosa, han tratado de minimizarla, de borrarla de los manuales de historia, de reducirla a producto de la mente afiebrada de los escritores) para dedicarse al estudio y exposición de sus consecuencias en el ser; así en esta canción se obvia la descripción descarnada del accidente para decirnos que el muchacho quedó vivo, rodeado de un tremendo dolor y de una gran esperanza por parte de sus familiares que velaban su lecho casi de muerte. “Tanto sufrir y nunca hacía la distinción / Si había luna o si había sol / Si era sábado o domingo. Las nubes pasan pero se detienen / Como que quiere’ y no quieren correr”. Qué forma tan poética de decir que el tiempo se detuvo para aquella familia, inmóvil en el punto de equilibrio entre la vida y la muerte de aquel joven singular. Hasta que… “En la balanza se jugó su suerte / Bien lo merece / La vida se inclinó con él”. ¡Se salvó el muchacho! Y empezó a convalecer “Como buscando una respuesta / Al caminar quería correr / Y así cumplir con la promesa / Que le ofreció a san Rafael”. Y entonces, poco a poco, la vida volvió a acomodarse: “De dos amores que tenía / La que no era sincera se alejó”. El dolor de la realidad se va decantando. Pero luego el tiempo va acomodando todo, y, como dicen los viejos, en viaje largo se arreglan las cargas: “Pero al tiempo volvió. /Es tarde para usted, mi dama/ A mi lado está su paisana / Si quiere pasa y se marcha”. Retorna el equilibrio, pero un equilibrio por lo bajo, dolorosamente resignado, en el cual (el coro vuelve a recordárnoslo) el muchacho no pudo volver a tocar: toda esa posibilidad de gloria y alegrías quedó sepultada para siempre. A veces, en la madrugada, canta, pero ya no es igual; y entonces el narrador sufre al verle sus ansias frustradas.
Marín, Calderón, Manjarrez, quizás otro la escribió basado en su vida, en la de un amigo, en la de alguien que le contaron. Quien la haya escrito deja de ser importante, porque canciones como ésta se meten en la sangre del pueblo, cumpliendo lo que dijo Borges que es el ideal del arte verdadero: ser anónimas. Porque las obras de autor desconocido son las que permanecen en la historia por su solo peso, sin que nadie haga nada ni tenga interés en popularizarlas; son las que el pueblo hace suyas porque el autor logró construir una obra tan universal que todos pueden considerarse dueños de ella. La canción La vida y yo es la metáfora de los que creímos poder volar (todo joven es soñador) pero que terminamos resignados a ser terrestres, cuando no a sobrevivir en el lodo.

Palabras livianas y en serio, sobre Árbol del paraíso


Unas palabras un poco livianas, pero en serio, sobre la antología de cuentos Árbol del paraíso, recientemente publicada por Común Presencia Editores y Libro de Arena, Bogotá, abril de 2012, 180 páginas.

El milagro inesperado (prólogo) de Iván Beltrán: un poco recargado de nombres y de erudición (“de qué material indestructible y sutil están fabricados los escritores que, entre las posibilidades habidas, eligen el azar y la contingencia temeraria de este inaprehensible género, y que, antes de enseñorearse en la planeación de prometeicos y fatigosos proyectos…”). Al final es más digerible pero, en todo caso, hay muchos nombres y erudición. Algo consuetudinario en los prólogos; por eso casi nunca los leo.

Carlos Castillo: Su prosa es fuerte, sin titubeos, limpia; maneja con propiedad la trama y tiene la capacidad de involucrar al lector en su pequeña temporada en el infierno de un escritor (un ser cualquiera) atrapado en su mediocridad. No en vano es un reconocido director de talleres literarios.

Andrés Mauricio Muñoz: Es un narrador nato, casi un notario que domina el paisaje desde un atalaya. Su carrera especial es un ejercicio afortunado de cambio de focalizador bien ensamblando. Queda en la memoria.

Henry Arturo Linares: logra la minucia pero le falta brillo, quizá el puñetazo en la cara que aconseja Cortázar. A lo mejor lo que sucede es que Cortázar ya es obsoleto. ¿Será?

Claudia R. Niño: Ésta tiene una atalaya dentro de ella misma. También mira la sociedad con dolor, quizá con rabia. Y narra bien.

Luis Enrique Izquierdo: Su texto parece una novela (¿guión cinematográfico?) inacabado. Narra bien aunque, a mi gusto, se queda en la epidermis, o sea que está en lo correcto según la moda.

Daniel Ramírez: Impresiona, sorprende, se hace recordar. Sus imperfecciones son un juego que hace sonreír y su bailarina mira bien, muy bien, adentro y afuera.

Diego Ávila Jacobo: ¡Qué extraño!, ¿escatológico?, ¿grotesco? En todo caso impresiona, se hace leer el tipo.

Mario Reyes Becerra: Es ante todo un cronista de mala leche (¿se puede decir?), casi un panfletario. Para mí, faltó engrudo, tal vez también estuco.

Julio Medrano: No sé de estas escrituras ¿automáticas? Me declaro indiferente, tal vez analfabeta sin arrepentimiento en cuanto a estas literaturas. He leído algo de ellas, suficiente para decir lo ya dicho.

Beatriz Eugenia Camacho: Parece evidente que su texto es un aparte de una “novela moderna”, o tal vez postmoderna.  Ve, observa, pinta, denuncia y se preocupa por la realidad. Narra bien, convincentemente. Lleva al lector agarrado por la corbata o el cabestro.

Antologados en el lanzamiento en la Filbo 2012
Jorge Chaparro Africano: Sus ovejas y lobos lo involucran a uno en su atmósfera, porque el tipo sabe narrar como un buen director de cine. Carlos Gaviria quizá nunca sabrá que este Chaparro estuvo a milímetros de darle piso. Me atrevería a aseverar, sin conocerlo, que el tipo es cinéfilo, o cinéfago. Con seguridad sabe de alguien llamado Hitchcock.

Susan Halliday: Esta tipa también es amante del cine de suspenso, y está bien que lo sea pues sabe utilizar su pasión al narrar. Uno sonríe cuando lo suelta, o sea cuando pone el punto final. No todos pueden decir eso o no de todos se puede decir eso.

Jhon Jairo Zuluaga: También Cinéfilo el tipo, y cortazariano.  Conmigo no tuvo mucho éxito. Quizá eso sea una prueba de que es bueno. Tal vez.

Maribel García Morales: ¡Qué cosas! No me llegó: en cada cuento me pareció que siempre faltaba el centavo para el peso, aunque tiene los 99 centavos. Su Penélope y su Frida me guiñaron un ojo y me hicieron sonreír.

Luis Antonio Rodríguez: Es un malnacido socarrón, diría el casicaudillo si supiera leer. Lleva bien la cosa el tipo; juega, se burla, y hace odiar un poco más lo torpes que somos. Aunque pareciera tener una imaginación febril, en realidad es un cronista, también con mala leche, certero. Pär Fabien Lagerkvist le sonreiría.

Naudín Gracián: Quisiera poder decir de este autor que es la nueva revelación de las letras colombianas, la tapa de la lápida literaria de García Márquez, inminente premio Nobel de literatura, lo único que permanecerá en la historia de las letras latinoamericanas. pero prefiero declararme impedido para opinar sobre él bajo el temor de ser acusado de tráfico de intereses y de autopublicidad engañosa. Además, acá entre nos, no suelo tenerle mucha fe a lo que este señor escribe.

Árbol del paraíso, una antología variopinta que pinta bien. Es motivo de orgullo para mí aparecer en ella.

Es aconsejable visitar:


Los cuentos de Carmen Amelia

CUENTOS PARA COMENZAR LA NOCHE
Carmen Amelia Pinto
Ministerio de Cultura – El Túnel
122 páginas
Montería, 2010

Por Naudín Gracián

La escritora
Carmen Amelia Pinto
Se trata de un volumen de cuentos cortos escritos en una prosa firme, sin titubeos ni ripios, bien estructurados: de alguien que conoce y domina el oficio. En él se notan con facilidad los más de 20 años de lecturas, estudio, fundamentación y reescritura que empleó su autora para aparecer en la letras nacionales con un libro válido. No está dividido en partes, pero podríamos decir que sus textos corresponden a tres líneas: cuentos (sin más adjetivos), cuentos costumbristas y minicuentos. El tema más recurrente en este volumen es la muerte, a veces desde una visión macabra; tienen preponderancia los personajes obsesivos, obtusos y vengativos. Podríamos decir que su aliento es algo árido, que su humor es negro; no obstante, aunque es notable la falta de amor de pareja en sus páginas, como lo resalta el prólogo, algunos de sus relatos son ricos en ternura, en buenos recuerdos de personas amadas. Es de destacar en este volumen una característica poco común en la literatura: la forma de ver las cosas en muchos de estos cuentos, es la de un niño, sin que sean historias infantiles ni narradas por chicos. O sea que aunque son cuentos para adultos, algunos de sus episodios, como el del tipo que se tragó la noche, sólo son posibles desde una visión y una credulidad de niños. Y Carmen Amelia los relata como diciendo: “Esto sucedió así, y punto. Es defecto tuyo si no me crees”. Y le creemos.

Un cuento del libro

A imagen y semejanza

Paulina miró desesperada hacia el cuarto de sus hijos. Los cuatro niños mongólicos habían desaparecido. No se explicaba cómo. Ellos siempre permanecieron ence­rrados y ni siquiera sabían caminar, sólo se arrastraban, arras­trando también sus lenguas que no les cabían en las bocas.
Los llamó por toda la casa, pero sabía que no contestarían, porque ellos no hablaban, ni gemían, ni lloraban.
Ella seguía buscando. El bosque no fue suficiente para hallarlos. Los buscó en toda la selva, en toda la ciudad y en todas las ciudades. Nada, no halló nada. Diez años de búsque­da no fueron suficientes.
Hasta que recordó, con sorpresa, que no los había buscado en la gaveta de su ropero. Allí encontró, sanos y salvos, a los cuatro muñecos deformes, que su mente de mongólica, había tenido como hijos.
Carmen Amelia Pinto

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